Eno

Además de ser un conducto hacia el rock para cierta sensibilidad de escuela de arte británica de los sesenta, Eno fue también una figura clave en la emergencia de un abordaje pictórico' de la grabación. Junto con Robert Wyatt y Pink Floyd estaba en la vanguardia de la exploración de las posibilidades espaciales y texturales abiertas por el estudio de grabación. En sus intervenciones y escritos se abre paso un consistente impulso por traducir el sonido al registro visual, ya sea hablando de la cinta como de un lienzo sobre el cual uno puede pintar una capa de sonido sobre otra, ya sea refiriéndose a su producción para grupos como U2 en términos de 'paisaje dentro del cual las canciones acontecen'. La esencia de la producción de la grabación consistía para Eno en la retirada del tiempo real: en lugar de grabar un evento musical, se construye un pseudoevento fantasmagórico que bien podría no haber sucedido nunca como actuación real en un momento específico.

Simon Reynolds en Después del rock
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Los interiores

Desde abajo Nicolás Almada alcanza a percibir, arrumadas en los colgantes de metal que cruzan el techo del patio, algunas palomas gordas y grises que se aprietan unas a otras para combatir el frío. Después avanza por la galería del colegio parroquial y observa las canaletas y las lozas. El patio parece el mismo, sin embargo han cambiado las baldosas por otras de cerámica azul y remodelaron completamente el exterior de las aulas. En las columnas de la galería caen, pegados con cinta de papel, carteles dibujados con prolijidad: tirar la basura en los tachos, no correr, feliz día del maestro, en Dios confiamos. Al frente distingue la sala de música, el campanario y la librería.

Un momento más tarde, cuando Nicolás escucha el sonido del timbre, se obliga a si mismo a despabilarse y, antes de tomar conciencia de lo que hace, se descubre caminando a paso rápido hacia la zona de los baños. Se detiene. Enfrente tiene el gimnasio, a su derecha el subsuelo con las máquinas y su ruido ensordecedor, más allá la escalera que lleva al primer y segundo piso del instituto. Primero piensa en subir pero al volver a escuchar un crujido que rápidamente se convierte en un conjunto impreciso de gritos y pasos que se acercan, se introduce en el baño y se apoya sobre la puerta ejerciendo presión. Del otro lado avanza una fila india de chicos con equipo de gim y zapatillas deportivas. Nicolás se pone boca abajo y espía por la rendija de la puerta sin preocuparse por el riesgo, por el absurdo de que un hombre de cuarenta años esté acostado en el baño de un colegio primario, en posición de alguien que se dispone a hacer su rutina de lagartijas. Cuando escucha cerrarse el portón del gimnasio se pone de pie, sacude el polvo de su camisa blanca y mira la hora: las ocho y cuarto de la mañana.

Una vez que sale del baño camina hacia las escaleras. En el descanso se encuentra con la capilla: dos filas de bancas de madera llevan hasta un altar, con una pequeña cruz que sostiene a Jesús y pequeñas figuras de santos. Al acercarse los objetos comienza a perder densidad y la sombra de interés que antes irradiaban se desvanece por completo. De pronto nada le da curiosidad sino desgano. Nicolás intenta explicarse este cambio en su percepción pero no puede, con lo cual decide continuar hasta el primer piso. El pasillo que lo recibe de frente es extenso y dado que ha superado la altura del techo, distingue las nubes finas y alargadas y un sol difuso, blanco, que irradia muy poca luz. Comienza a caminar, dejando atrás, una por una, las puertas de las aulas e intenta imaginar que clases se están dando en su interior: imagina a los profesores de matemáticas, derecho y catequesis explicando sus respectivos temas. En la anteúltima aula antes de la dirección descubre por la ventana que los alumnos están charlando y jugando a las cartas, otros durmiendo sobre sus pupitres o escuchando música. Un poco inseguro abre la puerta e ingresa con cara de cansancio y aburrimiento. Algunos chicos se lo quedan mirando; otros no le dan importancia y siguen en la suya.

Con naturalidad apoya su portafolio en el escritorio. Después, sin sentarse, observa el parte de asistencias: una hoja blanca con cruces y algunas líneas en blanco. Lo ojea rápido, casi sin prestarle atención, y pide con voz suave, apenas audible, un cuaderno. Una chica rubia de los primeros bancos le ofrece el suyo y Nicolás lee: revolución industrial, Inglaterra, división internacional del trabajo. En el fondo del aula recomienza el barullo: son pibes de doce o trece años, vestidos con camisa celeste, cardigan y pantalones grises; las chicas usan pollera cuadrillé y medias de lana casi hasta las rodillas.

Almada devuelve el cuaderno y, con el parte de asistencias en la mano, uno a uno comienza a nombrar a los alumnos, mirándoles las caras, ubicándolos en el espacio. Cuando llega al último, un morocho que se apellida Zambrano, hace una pausa y dice en voz alta:

– Melina Correa, pase al frente por favor.

Los chicos se retuercen, giran y dirigen la mirada hacia el fondo del aula. Almada también observa fijamente a la chica sentada en la última fila, con sus anteojos de marco oscuro y su colita de caballo, pálida, rodeada de pibes, sin saber que hacer, apretando con fuerza los bordes de su asiento. Entonces ocurre un impasse: desde el pasillo se escucha el tintineo de la campana que llama a confesiones. Almada imagina a los curas sentados en la banca de madera del confesionario, escuchando la rutina de pecados de todos los adolescentes del instituto. El poder de perdonar, piensa Nicolás y se retuerce.

– Que nadie se mueva – dice – la estoy esperando – y repite su nombre con una seguridad que lo sorprende.

– ¿Al frente?

– Si. ¿No me escuchó? Pase al frente.

Finalmente Melina se pone de pie y camina nerviosa. Una vez allí baja la vista y aguarda. Nicolás decide tomarse el asunto con paciencia.

– Expliquele a la clase porque la Revolución Industrial ocurre en Inglaterra.

Un nuevo terror, especialmente porque cada alumno presiente que el próximo podría ser cualquiera. Pero esto no le interesa a Almada, es decir, no le interesa dar el salto al futuro, a lo hipotético, lo único que le importa de la situación son las reacciones de la chica que está parada delante de todos, la chica de pollera hasta la rodilla que abre bien grandes los ojos detrás de los marcos de sus lentes, como si no terminara de entender la pregunta.

– ¿Cómo?

Nicolás repite lo que acaba de decir, marcando con fuerza cada sílaba.

– Pero no sabía… nadie nos dijo…

– ¡Si no responde tiene un uno!

Melina se queda en silencio. Nicolás, explotando hacia dentro una felicidad secreta, se encamina hacia el centro del aula.

– ¿Y? Seguimos esperando.

Entonces la chica comienza a tartamudear y alguien se ríe.

– Hable bien que no se le entiende – dice Nicolás, disfrutando esa constelación de poder que ejerce sobre los alumnos. Humillarla, piensa, humillarla mucho, que nunca se olvide de esto.

– In… ingla… glagla… terra tenía pupupu erto

– En mi clase no se tartamudea – arroja.

¿Si la dejo así durante horas? ¿O será mejor cambiarla por otro? Porque hay otros, lo sabe, pero decide aguardar todavía un momento, sabiendo que la chica está a punto de largarse a llorar. Ya ni siquiera intenta hablar, sencillamente sufre.

– ¿Usted es o se hace? ¿Cómo llegó a tercer año? ¡Tartamuda! – grita, completamente sacado.

El que antes se había reído ahora baja la cabeza. La chica llora, primero despacio, sofocándose, como si no tuviera fuerzas más que para encerrarse en una de esas capsulas que van al espacio, pero después, especialmente porque Nicolás no afloja la tensión, Melina empieza a toser, a ahogarse hasta ponerse roja y correr hacia la puerta.

– Ah, me imaginaba, no sabe nada, una vergüenza.

Todos la observan luchar con el picaporte plateado y salir al pasillo, al sol de la mañana, a las palomas. Ninguno la ayuda, nadie se rebela porque rebelarse, comprenden, es exponerse. Nicolás se acerca al escritorio, busca una birome y finge anotar algo. Cuando la puerta vuelve a abrirse e ingresa una mujer con guardapolvo blanco, Nicolás levanta la vista.

– ¿Qué está pasando acá?– pregunta girando la cabeza para abarcar a toda el aula, esperando respuestas. Luego mira al hombre que la mide con odio, mordiéndose el labio inferior de la boca – ¿Y usted quién es?

– ¡Hizo llorar a Melina! – grita la chica que antes le había prestado el cuaderno de clase a Nicolás.

La preceptora se da cuenta que el último banco de la segunda fila está vacío; siente que nunca ha estado en una situación parecida, que debería dominarse. Almada ya no la mira, aunque amontona sus cosas en su portafolio, una por una, con calma, hasta se diría que con delicadeza.

– Soy el profesor sustituto – dice muy sereno – ahora mismo voy a hablar con la directora.

Una vez dicho esto Almada pide permiso y sale del aula. Avanza por el pasillo pero en lugar de dirigirse a la dirección baja las escaleras del colegio parroquial. Después saluda al portero con un hasta luego, que tenga buen día y camina hasta la parada de la línea 96.

Gilles

Escribir es muy simple. O bien es una manera de re-territorializarse, de adecuarse a un código de enunciados dominantes, a un orden de cosas establecidas: y ese no es solo el caso de las escuelas y de los autores, sino de todos los profesionales de la escritura incluso no literaria. O bien, por el contrario, es devenir, devenir otra cosa que escritor, puesto que aquello en que uno deviene, deviene otra cosa que escritura. Todo devenir no pasa por la escritura, pero todo lo que deviene es objeto de escritura, de música o de pintura. Todo lo que deviene es una pura línea que ya no representa nada.

Gilles Deleuze

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Como una autobomba desbocada

Escuchemos música
y bailemos toda la noche
hasta embalsamar
nuestros pensamientos.
Mirá como salto
con este hit
más arriba que nadie
realmente
parezco una autobomba
desbocada. Ahora mismo
no me importa nada
el calentamiento global
ni el futuro
ni el dinero.

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Zombis

Anoche soñé que era un zombi
que atravesaba La Matanza
buscando cuellos venosos
y carótidas y hombros tiernos
para despedazar. Caminaba
un poco de coté
y arrastrando las suelas
de mis borcegos. En eso
éramos muchos
los zombis: había
zombis bien vestidos
perros zombis
zombis dinosaurios
todos juntos
sin decir palabra
como una turba unificada
no ya por una ideología
o un grupo de rock:
nos unía la esencia
de ser zombis
y con eso nos bastaba.
¿Es que nosotros
no tenemos nada más hondo
en común? ¿Es que puede
haber algo más profundo
que esto que compartimos?
Eso me preguntaba
y pensaba también
pero muy por fuera de mí
que este caos no es mas
que una porción de maravilla
que les ofrecemos a los otros.
¿Serás conciente
de lo que esto significa
para la vida de este planeta?
¿Cómo va a cambiar tu cultura
tus prioridades, lo que te parece
bello o lo que te parece
justo? Los zombis
cruzábamos las calles muy despacio
y algunos coches
nos pasaban por encima; las putas
del Camino de Cintura escaparon
al ver la masa zombi. Las viejas gritaban
desde sus terrazas
¿Qué es lo que viene ahí?
Son zombis, vieja boluda
somos los zombis que venimos
para arrasar con todo esto
para siempre como una gran ola
que un día llega desde el Atlántico.

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Sasha

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Revuelvo el agua tónica con una cuchara

Revuelvo el agua tónica con una cuchara
una y otra vez
hasta que al fin pierde
cada molécula de gas;
entonces recupero la fe
en lo que puedo
y no puedo lograr
basta la paciencia
para volver al tiempo elemental
de los brotes sanadores. Bebo
el agua simplificada
por el humo de los damascos
fascinantes de la química
y trago
y paso la lengua
por los bordes del vaso
hasta secarlo
por completo.

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La reinvención del amor

Mi idea sobre la reinvención del amor quiere decir lo siguiente: puesto que el amor se refiere a esa parte de la humanidad que no está entregada a la competencia, al salvajismo; puesto que, en su intimidad más poderosa, el amor exige una suerte de confianza absoluta en el otro; puesto que vamos a aceptar que ese otro esté totalmente presente en nuestra vida, que nuestra vida este ligada de manera interna a ese otro, pues bien, ya que todo esto es posible ello nos prueba que no es verdad que la competividad, el odio, la violencia, la rivalidad y la separación sean la ley del mundo. El amor está amenazado en la sociedad contemporánea. Esa sociedad bien quisiera sustituir el amor por una suerte de regimen comercial de pura satisfacción social, erótica, etc. Entonces, el amor debe ser reinventado para defenderlo. El amor debe reafirmar su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario como nunca lo hizo antes. No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual - que siempre busca domesticarlo. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con una mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la presencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas. Y ellos es extensivo a otras cosas: el arte debe también apartarse de la potencia del mercado, la ciencia igualmente. Allí donde hay un pensamiento humano activo y desinteresado hay un combate para liberarlo de los intereses.

Alain Badiu
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Prendo la radio del coche

Prendo la radio del coche,
cierro las puertas y ventanas
y me alejo.

Que los ruidos
se gasten solos
mientras camino entre los árboles.

A veces siento
que alguien nos encerró
con llave
en este mundo.
Lo mismo que hice yo
pero a lo grande.

Héctor Viel Temperley
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Cocina salteña

Verónica, estoy asando una cabeza de vaca
en una olla de tierra, solo
hace catorce horas
en unos minutos
quitaré los ladrillos
la horma de barro
y finalmente la arpilla, luego
pondré un plato de madera
sobre la mesa, pero ahora
miro este pozo
con la cabeza de vaca
hundida en su interior como
una manzana azucarada
y tomo un vaso de vino
y recuerdo los hechos
elementales que marcaron
nuestra relación. Dentro de
algún tiempo otros
pisarán esta misma tierra
y cocinarán sobre las brasas
de mis pensamientos.

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Sistema Iosi

Soy libre cuando soy autor. Como escritor soy medio patético, como la mayoría de los escritores. Tenés tus vicios, tenés tus miedos, tenés tu pose, tenés tu celos, tenés tu ambición. El autor no. Si le doy mucho lugar al escritor, el autor puede llegar a contagiarse, y eso es algo que me parece muy peligroso, sobre todo si uno quiere seguir siendo libre, seguir escribiendo con libertad, contar historias.

Iosi Havilio