Nos iremos a Burkina Faso en un crucero de lujo
ya verás, pasaremos los días y sus noches
encerrados en una pequeña cabina con un ojo de buey
con vista al Atlántico. Pienso leer a Sarah Bouyain
y a Joseph Ki-Zerbo
sentado en el borde de una pileta climatizada
mientras vos tomas el sol del trópico
como Virna Lisi en los años ´60. Por lo pronto
no tengo idea quién gobierna Burkina Faso
ni siquiera quién es el deportista
más famoso de esas tierras
si son comunistas o intervencionistas
si el latifundio sigue siendo el sistema
de organización agrícola predilecto.
Durante el viaje conoceremos
una pareja de exiliados húngaros
perseguidos por la Interpol.
¿No lo sabías? Es demasiado sencillo
enamorarse de esta clase de sujetos
nacidos en Europa del Este. Las noches
en África serán calurosas y sombrías
y los días brillantes
como un perro amarillo. Usaremos
lentes oscuros y jugaremos a la wii
en nuestra habitación de hotel
para matar el aburrimiento. Luego
haremos el amor cubiertos por sábanas
aterciopeladas como un par
de linces frenéticos. Y nunca
jamás te diré que en realidad
lo que nos une es mucho menos
que esto.
.
El último sábado de cada mes
para visitar la casa de mi ex novia
y así me paso la tarde dedicado
como un reclutador obsesivo
a observarlo todo
desde la vereda de enfrente;
escuchenme bien, nada cambia
el cesto de basura, los gatos
sobre la ventana, el portón
que previene el arrojo de la delincuencia;
sin embargo
encuentro pequeñas modificaciones
por ejemplo alguien
ha podado los tilos y un grafitti
escrito en pared con aerosol
dice aguante Chicago
manga de putos. Ahora mismo
dentro de su casa quizá mi ex
prepara una clase
o chatea con sus amigas
o se calza las zapas
para salir a caminar. Son extrañas
las formas en que un hombre
protege su parcela de historia.
.
Para volver a sentirme
un pibe de quince años
te voy a pedir el peor
vino que tengas, ni siquiera
el más barato, un vino Bowen
o Arizu a rosca
entonces me voy a sentar a escuchar
el trulala de la cumbia
en el jardín de mi casa.
.
.
Si pasan los años lentamente
y me arrasan como un oficio insoportable
si pasan los años como están pasando
y me vuelvo igual a vos
te juro que me la corto en seco.
Si llega el día en que tus amigos me escuchan
y dicen como viejos scouts
que se nota que en mi depositaste
tu semilla sagrada
te vuelvo a jurar padre
y yo nunca olvido
absolutamente nada.
.
Haiku boiled
en una bodega de Caballito.
Decime: ¿no te rockea
que este cielito hermoso
se caiga a pedazos?
.
Es difícil explicarte, me decís
pero llegará el día en que golpeen a tu puerta
y pasen en pelotón todas
las chicas que alguna vez quisiste.
Estará tu vecina Celeste; Vero
quién te dejó por Josue
una tardecita de primavera;
estará la madre de tus hijos;
aquella piba que conociste
en un camping de Chascomús
y nunca olvidaste. En resumen
serán mas o menos
considerando tu cuota de espanto
o de maravilla, tu porción
de amor
tu permanencia; momento
extraño el que sigue: caerán
zarzas molidas
a través de tu cardigan
o sueter.
.
Música para hipopótamos
Sale de la ducha chorreando agua y mientras se seca el pelo con una toalla oscura, camina hasta el living. Luego se deja caer en el sofá, cruza las piernas; por un rato mira las paredes, después el balcón con las plantas, las dos sillas un poco sucias e iluminadas por un tubo de luz que hace un ruido estridente y se demora unos instantes en cobrar fulgor. Al levantarse nota la humedad que ha dejado su cola mojada sobre el cuero del sofá. Clara camina hacia la habitación (antes se miró de reojo en los espejos del pasillo, pensó que estaba linda, que tiene que ir al flebólogo): elige una falda oscura, unas sandalias, una musculosa violeta. Así estás bien Clara, así estás bien, repite para sí misma. Entonces lo nota: desde siempre los pies le dan impresión, de chica, para no verse, solía bañarse en el río con las medias puestas.
Antes de salir chequea unos mails, alguien le escribe que quiere verla, se acuerda del cumpleaños de un amigo que no visita hace mucho, no te olvides de escribir, no te olvides, se dice, el lunes se entregan los trabajos, mañana es lunes, cosas así. El cursor del mouse vaga por la pantalla, traza figuras imperfectas que saltean íconos sobre un fondo de mar, caribe y palmeras. A los quince minutos baja por el ascensor. Son las nueve y media de un domingo de verano y nadie la ve salir. Camina cinco cuadras. La vemos andar nerviosa, prender un gitanes. Fuma mirando el cielo encapotado, suspira y gira, otras dos cuadras, diez, veinte, treinta pasos. Al llegar aprieta el sexto B en un bloque plateado que esconde huellas táctiles a contraluz. Espera uno, tres, seis segundos, dice soy yo, pausa, viene a verte, pausa, la puerta se abre y camina hacia el ascensor; sube con un padre cuarentón que en su mano izquierda lleva un paquete de empanadas y en la otra arrastra la mano diminuta de una nena de seis años, con trenzas y vestida con un carpintero precioso. La puerta del sexto B está entornada. Desconocemos su nombre pero se besan ahí nomás, la puerta se va cerrando, despacio, se cierra, se cerró. Nos quedamos fuera mientras el pasillo se oscurece y escuchamos las voces, cada vez más distantes. Las cosas permanecen quietas, aletargadas, podríamos aburrirnos pero no, esperamos, miramos los objetos, el tono de la noche que baja hasta que al fin nos acostumbrarnos a la ceguera, de a poco, imperceptiblemente. De pronto, unas horas después, la puerta se abre. Clara sale apurada y es tan lindo ver como se aleja, como se pierde mientras la luz de una bombita le cae en la espalda dibujándole una sombra que no corrige nada, esta monísima la hija de puta, que linda es Clara. Camina contenta y todo gana en colores, naranja, celeste y amarillo, colores por todas partes que se mueven como manos que se tocan. No sabíamos que los colores pudieran tocar tanto. Clara tampoco sabía. Abre la puerta de su departamento mientras revisa el celular que acaba de vibrar: que mal me hace verte, es la última vez dice el mensaje de texto. Entonces, así como así, los colores se borronean. Clara se mueve apenas, lo mínimo indispensable para apretar play con el mouse y elegir una canción de Nick Cave. Le sube desde el pecho hasta la garganta, como si pecho y garganta fueran una misma cosa, las ganas de tirarse en la alfombra y empezar a agitar los brazos, patalear. Siente como la pieza se va quedando sin aire, que el aire falta en todo el segundo piso, en todo el barrio de Caballito. Algo chupa el aire del mundo: una gran aspiradora de metal inflándose hasta reventar. Luego el silencio. Clara busca una cerveza en la heladera, la abre, llena un vaso, en un marco hay una foto y en la foto hay una sonrisa, la suya, que parece estirarse cada vez más. Quiero robarme esa sonrisa, piensa Clara. Podría tener un gato pero en su vida no hay espacio para mascotas. Sin embargo abre una tableta, se tira en la cama vestida y comienza a llorar: espantan esos gemidos entrecortados, un poco huecos, pero más espanto aún verla y no poder hacer nada. Clara se levanta con el rimel corrido y avanza hacia el balcón. Levanta el rostro a la oscuridad y se deja caer. Rayones y figuras perpendiculares se suceden a una velocidad excesiva. Nosotros no perdemos tiempo y nos tiramos con ella, uno a uno porque no podemos dejar de mirarla, de seguirla, nos lanzamos hasta que el primero de nosotros siente el golpe y estalla.
Púrpura
Me despierto por la ausencia de su olor o el ruido. Pasos que descienden y, de a poco, se cuelan en mi sueño. Estoy sola y escucho como la planta de los pies de Andrés se pegotean en la madera de las escaleras. Camino despacio hasta el ventanal apoyándome en el mueble de fórmica que usamos como escritorio: debajo, en el jardín, Andrés está sentado en el borde de la pileta. Ahora, un poco más despabilada, es sencillo distinguir como introduce sus dedos en el agua sucia y los hace girar como un remolino humano.
***
Mamá y Paola están sentadas de frente al sol en unas reposeras multicolores. Cubren sus caras unos anteojos oscuros.
– ¿Qué vas a hacer?
– Nada, por ahora esperar. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
Detrás de los lentes Paola cierra sus ojos verdes.
– Dicen que esta noche va a llover.
La Alemana se inclina y suavemente, para que no se le resequen, unta sus labios con crema de cacao.
– ¿Hasta cuando? – dice, y luego agrega – Ese miserable no se puede rajar así como así.
– En todo caso la que se rajó soy yo – dice mamá levantando una mano, dando a entender que ya está harta de hablar de lo mismo. Entonces se endereza y menciona que esa agua debe de estar criando mosquitos. Habría que limpiarla, menciona y luego gira la cabeza hacia el jardín de la quinta: el pasto crecido invade la loza y los canteros. Paola se pone de pie y busca los dos vasos largos con gancia y bitter que ha dejado en la cocina. Trae también una mesita de plástico blanca que se apoya, tambaleante, formando una X. Como todas estas tardes en el Tigre, después de una hora de jugar a las cartas, mamá dirá a bañarse y mi hermano Andrés golpea sus muñecos con una patada feroz.
Más tarde comemos milanesas de berenjena. Son las diez y cuarto y mamá discute por teléfono con Alfredo. La Alemana nos dice arriba, vayan arriba, a sus habitaciones. Con desgano subimos las escaleras. Primero yo, después Andrés con su cuerpo fofo, a punto de caerse, porque en realidad una casa de dos plantas no es un buen lugar para un chico como Andrés. La madera cruje con el peso de nuestros cuerpos jóvenes. Afuera se escuchan algo así como murciélagos aleteando sobre las tejas, abejorros que se pliegan y copulan en pleno vuelo, sin ningún punto de apoyo. Se escucha el rumor del viento sobre las tejas.
Por segunda noche consecutiva Andrés me dice que le duele y se señala la entrepierna. Le digo que no, que no quiero verle el pito, que todo va a estar bien si se detiene un poco. Contale a mamá, sugiero con vergüenza. ¿La Alemana? La Alemana es una turra de mierda, tartamudea Andrés, imitando mi tono de voz.
Cuando se hace de día ocurre el primer pájaro. Es un pájaro turquesa el que aparece flotando en el agua podrida de la pileta, con el pico mirando el fondo, pequeño y triste. La Alemana intenta sacarlo con una cacerola de teflón pero lo golpea con la punta y el cadáver se aleja hacia el centro de la pileta, inalcanzable para nosotras.
– Ay, si hubiera un hombre en esta casa – dice Paola sin mirar a nadie en particular, menos a Andrés, pensando con melancolía que la mañana está demasiado húmeda y pesada y con razón, claro, los pájaros van a caer en la frescura opaca del agua.
***
Esa noche por fin llegó la tormenta que pronosticaba desde hace varios días la televisión: hubo ráfagas de viento, sacudones sobre el techo, miedo, mucho miedo. Pero antes, a la tardecita, los cuatro vagamos por los brazos del Delta en un bote a motor que conduce Paola. Le preguntamos por qué le dicen la Alemana, ella responde que no sabe. Pero yo sé que si y lo observo a Andrés, semi-dormido con un hilo de baba chorreándole de la comisura de la boca. Está vestido con un carpintero y una remera amarilla muy holgada. Tiene los brazos desnudos, llenos de pelo. Usa una gorra con visera y tiene la cara cubierta por protector solar.
– Vení que te ayudo – digo y me inclino para esparcirle la crema por el cuello. Andrés ronronea como un perro contento.
Pareciera que no hay peces en esta agua oscurísima, un agua repleta de barro que va abriéndose entre islas y yuyos y luego más islas, yuyos y mosquitos. Una tierra que no se extiende, que parece deformarse como una mancha de tinta.
A medida que avanzamos los perros ladran desde los jardines o los techos de chapa de las cabañas. La Alemana tuerce el bote y ahora el viento nos pega directo en el rostro. Siempre me voy a acordar de este viento azul en la cara. Cuando me doy vuelta, Andrés está introduciendo un dedo en el agua y se lo chupa.
– ¡Sacá eso de ahí, nene roñoso! – grita mamá.
Andrés pone cara de miedo y asco, por el reto, pero también por el gusto a mugre del agua de río.
Más tarde comienza a hacer frío. Oscurece. Cuando encallamos, la madera gastadísima del bote se va arrastrando sobre la costa. Contentos corremos hacia la casa: tenemos hambre, pollo con ensalada, cuatro o cinco pájaros muertos flotando en la superficie de la pileta, arrancándole una mueca de asco a mi mamá y a la Alemana.
– Viene el martes a la mañana. Así me dijo. Quiere arreglar las cosas.
La Alemana sonríe.
Después de cenar y de cambiarlo a Andrés, mamá coloca las ciruelas que sobraron en una compota y prende un cigarrillo. El olor se siente desde el primer piso y Andrés se tapa la nariz. Corremos la cortina y por la ventana vemos, como si todo esto fuese un sueño, la docena de pájaros muertos, mientras el viento sopla y la llovizna comienza a golpear en los ventanales. Ninguno entiende, ni Paola ni mamá, Andrés mucho menos, porqué todos los pájaros del Delta se van a morir a esta casa con pileta donde pasamos nuestras vacaciones de verano. Se me ocurren un montón de lugares muchísimo más apropiados donde uno podría caerse muerto. Cualquiera menos este. Es como un paneo de plumas que cubre el agua, mientras la lluvia, como un bálsamo que nos distrae, repiquetea en nosotras.
***
A la mañana siguiente sacamos algunos con una pala y los tiramos en una bolsa de consorcio, pero después es como si nada: otros ocupan el lugar de los que ya no están, se acercan y caen silenciosos en picada. Qué pájaros estúpidos, dice mamá, y yo pienso igual que tu dolor mamita, igual que el dolor de Andrés, el mismo de todos nosotros, aunque todavía no lo sepamos y seamos demasiado jóvenes para entender el cruel e inestable dolor de la infancia.
– Viene el martes a la mañana. ¿Qué pensás? – pregunta mamá al tiempo que camina alrededor de la pileta.
– No importa mucho lo que yo piense.
– ¡Ay Paola!
– Lo que no quiero es un despelote acá. Por los nenes y por mí.
Mamá se acerca a la puerta de la cocina y se queda mirando el jardín como un guardavidas con prismáticos, pero lo único que alcanza a ver es una pileta sucia tamizada por pajaritos muertos. Y si pudo ver otra cosa no lo sé, lo que pasó fue así como te lo estoy contando. Alfredo vino ese mediodía, habló con mamá y después paseamos los cuatro por el río. Más tarde fuimos a la feria., todos con mucho cuidado para protegerlo a Andrés. A la noche, después de cenar, tomaron café. Más tarde Alfredo se fue porque no podía quedarse a dormir, así que manejó de regreso a Buenos Aires. Al día siguiente mamá pareció dar a entender que se habían arreglado pero que, de ningún modo, iba a volver a pasar por lo mismo, por más que lo quiera mucho o poco. No se tropieza dos veces con la misma piedra. Y Paola se reía, decía que no podía ser, que mamá era una pelotuda. Así que Alfredo no tuvo nada que ver. Yo creo que fue un accidente. Esa noche Andrés había bajado las escaleras del primer piso, llegó al jardín y se sentó en el borde de la pileta, rodeado de todos esos pájaros que iban a ahogarse ahí. Recuerdo que, cuando lo sacaron los de la intendencia, estaba negro, tenía costras en la piel y olía muy mal. Yo miraba las bambas de pasto ulular con el viento.