Mostrando entradas con la etiqueta Work in progress. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Work in progress. Mostrar todas las entradas

Una probadita tester de lo que estoy escribiendo


16.

    Me cambio rápido y, antes de salir, reviso si tengo señal en el celular. Nada, como ayer. Disfruto del viento, recorro el verde, doy vueltas. Por la mañana el aire es helado y posee partículas de limo o de polen que trae el viento. Más tarde, el aire adquiere aromas irresistibles y, con el transcurso de las horas, cuando llega el mediodía, alcanza su clímax. Las fragancias se evaporan al caer la noche: el viento ya no trae más nada o me resulta imposible distinguir los olores. La naturaleza me emociona, veo las hojas gigantes de un árbol muy violeta que rodea la base de unos arbustos. Desconfío de todo el mundo, menos de la naturaleza. Desde ahora, mi gran poder será desconfiar. Sigo caminando y de pronto tengo ganas de entrar en contacto con el agua. Quiero mojarme las manos, beberla: sufro la necesidad física de verla fluir. ¡Basta de vegetales!
    Rumbeo hacia la zona del río, escuchando mis propios pasos. Quiebro unas maderas finas que se amontonan en el camino ¿Dónde dejé el Ipod? ¿Y los cigarrillos? Busco en los bolsillos traseros del jean, en la campera. Los encuentro. Lo que me hace falta, ahora, es fuego. ¿Podré armar una chispa con un par de piedras y un poco de paja seca? Imposible. Me da fiaca de solo pensarlo. Soy una chica inútil de la ciudad. Cuando llego al río descubro un montón de conejos muertos, con el pelaje retirado hacia atrás. Un olor horrible. Tienen la panza abierta, con las tripas afuera, despellejados. Giro hacia atrás y corro de vuelta a la cabaña.          
.

Un invierno sin mujeres



    Simón nos cuenta una historia que transcurre en una playa. La primera imagen es contundente: Simón emergiendo desde el fondo del mar y, con las antiparras todavía puestas, sacude la cabeza y permanece un momento mirando el paisaje. Un barco de pesca avanza mar adentro, intercalado por botes más pequeños y un yate donde unos turistas europeos toman tragos coloridos y sonríen de cara al sol. En la playa, delante de la línea de palmeras, hay unos puestitos de frutas, casetas que venden pescado fresco y algunas chozas de madera despintada. A cada lado, la península rocosa que forma la bahía rodea al caserío, las palmeras y las chozas, encauzando también a los barcos pesqueros que se alejan, las bebidas frescas de aquellos alemanes o franceses y al propio Simón y a sus clientes que acaban de pasar una tarde de buceo en el agua transparente del Pacífico. Desde el fondo brotan, una a uno, los turistas. Simón pone un particular esfuerzo en describirlos, como si estuviera viendo la escena en este mismo instante: la melena rubia y lacia pertenece a un norteamericano llamado Mike, que se gana la vida en Oklahoma como director adjunto del departamento de idiomas de alguna universidad de segundo o tercer orden. A su lado asoma su esposa, Ronda, una latina que emigró a Estados Unidos hace cinco o seis años. Se conocieron fumando en el estacionamiento de un hipermercado, explica Simón. Mike había comprado, como todos los lunes, sus víveres semanales. Ronda cumplía su turno de nueve horas diarias como cajera. 
    Todo esto se lo habían contado aquella mañana, cuando Simón se acercó para proponerles una travesía por el fondo del mar, con avistaje de peces y otras rarezas. Después estaban los hermanos chilenos, quienes compartían el mismo apellido pero, en realidad, parecían pareja. Del pecoso no se sabía nada: ni quién era, qué hacía allí, de dónde venía. Un verdadero misterio.
    –Cuento todo esto – dice Simón, como si presintiera que se está excediendo, que bordea un límite peligroso con su historia – cuento esto porque más tarde me encontré con Adela, fuimos al hotel y decidimos el asunto de la prisión.
    Simón narra como, aquella tarde, subieron al bote a motor, se quitaron los equipos y rumbearon hacia la costa. La embarcación daba saltitos a medida que avanzaba: los chilenos se palmeaban los hombros, Ronda, acomodándose la parte superior de su bikini, sacaba fotos a la zona del cayo. El pecoso, exhausto, estiraba las piernas a lo ancho.
    Una rato más tarde, cuando el día acababa, Simón pidió una cerveza en el bar de Vargas. 
    – Sos un tilingo brutal – dijo Adela, apareciendo por detrás, como un fantasma.
    – Hoy fiesta en lo de Florence – propuso él.
    – Wow… ¿Florence?
    – Florence… en la pileta del hotel. ¿Nos vemos ahí?
    – Allí – corrigió Adela.
    – Allí – repitió Simón y fijó la mirada en los barquitos que, con las últimas luces del atardecer, volvían para atracar en la costa.

    La fiesta transcurría en la terraza del hotel Tuma Conquistador, donde Florence trabajaba durante las noches de temporada sirviendo cocktails. Florence compartía con Simón una casita a cien metros de la costa, encaramada cerca del camino principal y la jungla. Florence era colombiano. Su madre lo parió a los quince años, a los veintitrés había enviudado, a los veintinueve abandonó todo y partió al interior para ejercer de guía turística en una reserva natural del neotrópico colombiano, cerca de Manizales. Cuando cumplió diecinueve, Florence emigró a Venezuela, donde lo esperaba una chica llamada Juana que había conocido a través de un foro musical. La relación duró muy poco, se pelearon y Florence recabó en Urama. Durante algún tiempo durmió en la calle, luego consiguió trabajo como ayudante de un pescador y aprendió el oficio. En aquel momento, mientras Florence agitaba la coctelera y, detrás de la barra, danzaba al run run de la cumbia, Simón, con un short colorado y una camisa turquesa, mojaba los pies en el agua de una pileta circular que parecía sostenerse, como al borde de un precipicio, sobre los cayos. Delante, se veían las islas. En una de ellas, la más extraña, asomaban las colinas y una construcción de yeso y cemento gris.
    – Te flashea la prisión – dijo Adela, acariciándole la espalda – ¡Mirá lo que me obsequió Florence!   
    Y le tendió dos Margaritas. Cuando Adela, unas horas más tarde, se alejó y permaneció un rato inmóvil en el borde de la piscina, Simón se dijo que esa chica era muy extraña, que tenía algo triste apretado en el cuerpo. Pensó, también, que podía medir el paso del tiempo por la presencia o la ausencia de Adela.
    Como si ella hubiera descendido de la plataforma luminosa de una nave espacial, Simón no podía dejar de mirarla.

    A la mañana siguiente, bien temprano, Simón tomó un bus destartalado hacia el pueblo de Cayo Sombrero. Necesitaba comprar unas patas de rana, algunos pliegos para rotular un tubo de oxígeno en mal estado, antiparras nuevas y, si le alcanzaba el dinero, un equipo completo de buceo profundo. En algún momento desde su llegada a Urama, había tomado la decisión de descender lo más hondo posible, porque en lo profundo, creía, estaban ocultos los secretos. Para esto, necesitaba de un equipo de buceo profesional de largo tiraje. Nadie lo entendía, ni siquiera Adela.
    – ¿Para qué vas a gastar plata en eso? – le decía y Simón pensaba que hay cosas que las mujeres no pueden entender.
    Viajó recostado en un asiento doble, dormitando con un sombrero de paja que le tapaba los ojos, pispeando cada tanto la línea de la costa. Lo despertaron una serie de frenadas bruscas poco antes de llegar a la estación de ómnibus. Bajó, fumó un cigarrillo y compró unas empanadas de algas y queso. Las comió recostado contra un paredón donde alguien había grafiteado a un niño negro con un rifle de guerra.
    En el negocio de pesca compró todo menos el equipo, que estaba mucho más caro de lo que suponía. Al volver en el bus de las tres, se bajó en Tuma y, sentado sobre una piedra, lió otro cigarrillo y se quedó mirando como los surfers remontaban olas en el mar, mientras, desde un parlante enchufado a una camioneta roja, brotaba una especie de rockabily californiano. Ya era de noche cuando llegó al bar de Vargas y le dijo a Adela que mañana no pensaba trabajar, que podían tomarse el día y visitar, con Florence o sin él, la isla con los restos de la cárcel de Tortugas. Adela, muy contenta, dijo que sí.  

    El bote avanzaba muy rápido y, por un momento, Simón tuvo la tentación de levantarse y pedirle a Florence que aflojara el ritmo, que se estaba mareando. Pero no dijo nada y, en lugar de eso, acercó una mano sobre el filo del agua y sintió que se quemaba. Florence, con su gorra negra, dirigía la expedición.  Cruzaron bandadas de pelícanos y otras aves tropicales que reposaban sobre el mar. Era un día claro, excesivamente luminoso, con nubes finísimas muy cerca de la costa.
    Después de unos minutos, el bote disminuyó la velocidad, hicieron un fleco sobre la isla hasta encaramarse a una bahía y encallar suavemente en la arena blanca. Ataron el bote con listones de cuerda a una roca y comenzaron el ascenso a la cima. A media mañana descansaron bajo la sombra de un cocotero.  Después de comer unas frutas, continuaron. Cruzaron un camino empinado y un pequeño arroyo que descendía sobre las piedras. En la cima, descubrieron la Tortuga: unos bloques de cemento carcomidos por la humedad y el tiempo, algunas celdas, una torre de vigilancia tambaleante, un pasillo larguísimo que llevaba a otras celdas, más espaciosas que las anteriores. Por un hoyo en una pared, se veía la playa y el agua verdosa.   
    – Miren – dijo Adela y señaló una pequeña cocina. En lo que debía ser un baño con duchas y bidet, encontraron botellas de vino y pensaron que tal vez alguien había pasado por allí no hace mucho. En una de las celdas, Florence fingió que encerraba a Simón y comenzó a hacerle morisquetas del otro lado de los barrotes. Sentado en un camastro, Simón recordó las prisiones móviles de los años veinte, donde trasladaban a los presos del Sur estadounidense para que estos trabajaran en la construcción de caminos asfaltados. Había leído las notas de los fabricantes de aquellas prisiones portátiles: estos afirmaban que podían limpiarse con tan solo un baldazo de agua una vez por año, que cabía más luz que en las celdas normales, cosas así. Mientras lo escuchaba, Simón pensó que Florence conocía cosas muy extrañas y se preguntó que clase de vida llevaba antes de llegar a Urama. En una ráfaga de imágenes, vio muchos Florences, uno al lado del otro, con distintas edades y algunos cambios superficiales, todo lo que la imaginación de Simón era capaz de crear en unos pocos segundos.
    Finalmente, Florence abrió la puerta y sus pensamientos se desvanecieron. Más tarde, cuando se sentaron en la hierba, notaron que Adela nunca había salido del primer bloque. Volvieron. La encontraron mirando fijamente una pared descascarada, donde leyeron, escrito con carbón o alguna piedra oscura: aquí estuvo Johan Kart Vernon. ¿Pero quién era Johan Kart Vernon? Adela no respondió. Cuando más tarde les contó que Johan Kart Vernon había sido su padre, Simón pensó: aquí, en este instante, la historia de Adela comienza a revelarse.

    – ¿Johan Kart Vernon? – preguntó, para dejar atrás aquel silencio incómodo.
    – Algo así. Pero lo raro es todo lo que no sabíamos de Adela. Después de ese momento, la descubrimos. Y obvio, nos empezó a gustar.
Importa, también, que a los dos, en aquel momento o más tarde, al descender o cruzar el mar hacia la costa, nos empezó a gustar Adela.
    – ¿Recién entonces?
    – Y si…
    Hubo una pausa.
     – Seguí, seguí – arengó Paloma
    – ¿Dónde me había quedado? Claro, Adela dijo miren y señaló la luna llena sobre el mar y nos despedimos con un beso. Antes, ella había hablado durante todo el viaje de regreso. Su historia era más o menos así: en plena adolescencia sus padres le contaron que era adoptada y Adela, en un rapto de desesperación, comenzó a rastrear a su madre. La encontró al poco tiempo, no se sabía bien como, en un pueblo del interior. Se llamaba Luz Marina, tenía labios gruesos, el mismo color de piel, los mismos ojos que Adela. El parecido era asombroso. Su madre provenía de una familia muy pobre y, de joven, había conocido a un comerciante, que terminó siendo un estafador o traficante de drogas o sicario canadiense llamado Johan. Ella se había enamorado. Cuando nació Adela, Johann desapareció, Luz Marina vendió a su hija por un precio altísimo a una pareja de la capital que no podía tener hijos. Se arrepentía. Después de algunas semanas, Adela se escapó, quizá buscándose a si misma o buscando a su padre, es decir, su identidad estaba en juego. 
    – De pronto sentí las ansias de moverme y desde entonces no puedo parar – había dicho Adela, sentada en cuclillas en la arena. Florence y Simón la entendieron de lleno. 
    Trabajó de camarera, limpió cuartos en hostels de Venezuela y Perú, durmió durante semanas en las escalinatas de la iglesia de Villa Leyva, administró un camping en Guatavida porque un maula cuarentón se encariñó con ella, hizo un curso de peluquería, fue peluquera, fumo muchísimo hachish en compañía de un panameño que ofrecía tours a pie en no se qué ciudad famosa del tropicalísimo norte de la república bolivariana. Finalmente, llegó a Urama. Ahora, sucedía esto: una idiotez, un nombre extrañísimo garabateado en la pared de una cárcel abandonada hace una década. Ella decía que su padre había muerto, que en realidad no quería saber nada de él, que lo odiaba como si tuviera el corazón en carne viva.
    – Nos quedamos tomando latas de cerveza Babaria hasta la madrugada, hablando de todo. Al final, nos despedimos con un beso, los tres – contó Simón.
    Con Florence caminaron por la playa hasta su choza. En secreto, cada uno por su lado, los dos estaban locos por Adela. El resto es confuso, tal vez porque Simón todavía no comprende bien lo que sucedió o no sabe como narrarlo. Hubo averiguaciones de Adela en la comisaría de Urama (dos ratis y un administrativo, todos viejos, borrachos y aburridos) y en una oficina de prensa de Cayo Sombrero, clases de buceo, días hermosos intercalados por otros realmente tristes. Florence y Simón, cada uno a su manera, compitieron por Adela. Todo bastante patético.
    Simón cuenta que una tarde esperó a Adela durante horas, sentado al sol, y le armó un escándalo por algún motivo poco coherente. Cuenta también que nunca tuvo una estrategia y solo actúo por celos. Adela, finalmente, eligió a Florence.
    Una noche ventosa, casi en la época tropical, cuando la temporada termina y los turistas desaparecen por cuatro o cinco meses, Simón tomó su bote y se metió mar adentro. Se detuvo en un punto cualquiera del océano, se desvistió y, desnudo, se lanzó al agua. Tomó la bocanada de aire más grande que jamás había tomado (y entonces sintió como sus pulmones se inflaban hasta estallar y todas las partículas de oxígeno, de vida en realidad, que lentamente, en unos instantes, comenzarían a disiparse, abombaron sus venas) y se sumergió. Según él, quería llegar al fondo de todo, hundirse lo más profundo que fuera posible. Atravesó la oscuridad, sintió las aletas de los peces rozarle la piel, tuvo miedo de que un tiburón o calamar lo atacara. El tiempo se volvía elástico y los oídos amenazaron con estallarle. Los pulmones se le encogían como una esponja. Sintió agujas en la traquea. ¿Cuántos metros había bajado? De pronto giró sobre sí y comenzó el ascenso. Simón pensó que podría morirse ahí mismo pero, a punto de desmayarse, sintió que algo lo impulsaba hacia arriba y al fin llegó a la superficie. Al abrir los ojos, parecía otro planeta: vio ruinas, fuego y en la bahía, las chozas, puestos y casetas, destruidas por completo, como si hubiera caído un meteorito o hecho erupción un volcán. Pensó que había estado años debajo del agua y había emergido en algún punto impreciso del futuro. Qué había muerto o viajado en el tiempo o tenía una embolia cerebral. Simón dice que tuvo delante el fin del mundo. Se arrastró al bote y se desplomó sobre las tablas de madera. Durmió ahí mismo y, cuando despertó a la mañana siguiente, encendió el motorcito y lo encaramó hacia la costa. Luego fue hasta su caseta, recogió sus pertenencias en silencio y las amontonó en una valija. Se pegó una ducha caliente y lió un cigarrillo. Lo fumó con tranquilidad, sentado en el alfeizar, mirando la jungla espesa. Comió ciruelas que arrancó de los árboles frutales. Más tarde caminó hasta la estación y le vendió su bote a un tal Ernesto, una especie de agente de viajes, guía turístico y gerente hotelero, que le dio a cambio un manojo de billetes sudados y un pasaje en bus al Distrito Capital. Desde allí, tomó un avión de regreso a Buenos Aires.  

La mujer

Chicos y chicas, el invierno aprieta, Buenos Aires parece Moscú y cada vez falta menos para las Olimpiadas de Londres. Mientras tanto, acaba de salir el  último número de Esto no es una revista, donde este mes publican, además de notas geniales sobre Peter Brook, las extraordinarias memorias de Patti Smith y la última puesta de Sergio Boris, un pequeño raccondo de mi autoría que va desde los comienzos del género policial hasta la novela hard boiled, el BAN y la actualidad del panorama literario.


El famoso orangután fumador de Indonesia lo está dejando


El gorila que fuma existe, se llama Tori, vive en Indonesia (vivía: lo acaban de trasladar a una isla remota para alejarlo del contacto de la opinión pública) y, según parece, la adicción al tabaco lo tiene un poco enfermo. Yo había imaginado un gorila gigantesco, con nudillos hinchados como perlas y pectorales de tambor: en cambio Tori es un orangutan envejecido y aburguesado. La ficción, siempre, antes que la realidad.



Animal de invierno

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.
Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.
Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.
He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo  pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.

José Watanabe

Capítulo recortado


En el local de Regina, una mujer de pelo oscuro, sedoso y voz potente golpeaba una puerta con la punta de una bota de cuero y decía, a los gritos, que le habían pegado mal una pestaña. Una de las chicas, apoyada contra una columna, se limpiaba los ojos con una servilleta. Después, mirando el piso y llevándose por delante una banqueta, corrió hacia el fondo del local. 
– No sabe pegar una pestaña. Es una inútil. No sabe. Hoy tengo una fiesta y miren lo que me hizo – protestaba la mujer, levantándose la piel de la frente para dejar al descubierto la pestaña torcida. Alternativamente, sin detener sus gemidos, miraba alrededor, buscando una especie de gesto o palabra que legitimara su protesta. En ese momento, Regina bajó las escaleras.
– ¿Pero qué te pasa a vos?
La mujer, después de un momento de perplejidad, enrojeció.
– ¡Me pegó mal una pestaña!
– ¿Pero vos te volviste loca? ¿Te falla la cabeza? ¿El gran problema de tu vida es que te peguen mal una pestaña?
Las maquilladoras inmóviles sostenían sus polvos y sus pinceles mientras las clientas observaban la situación, algunas dándose vuelta, otras mirando sin pudor o buscando el reflejo de Regina en la pared vidriada. De fondo, sonaba una canción retro.
– Te repito – dijo Regina, con su cabello arremolinado en un bucle, altísima y furiosa – te repito por última vez. ¿Vos te volviste loca?
La mujer volvió a levantar el brazo, se señaló la cara y antes de que pudiera decir algo, Regina gritó:
– ¡Sáquenle la pestaña! ¡Que alguien le saque la pestaña a esta mujer! Si tu problema es la pestaña, ya está, te sacamos la pestaña.
– Y con el maquillaje…
– ¡La cara lavada! Te sacamos todo el maquillaje. ¿Te parece bien? Y ya mismo le pedís disculpas a Ayelén. ¿Cómo te vas a poner a gritar así por una pestaña? Llamen a Ayelén por favor.
Entonces, una de las empleadas (Valeria seguía a mi lado) caminó hacia la parte de atrás y después de unos minutos, volvió del brazo con Ayelén: tenía la cara mojada, los ojos chiquitos de tanto llorar y continuaba pasándose la misma servilleta por la cara.
– Ahora le vas a pedir disculpas por el pésimo momento que le hiciste pasar – amenazó Regina, mirando a la mujer de las botas. Trago saliva. Y dijo:
– Yo… perdoname. No me di cuenta – y se encaminó furiosa hacia su banquito.
– Quitale el maquillaje Ayelén. Y este es tu último día, esa pestaña era un espanto.

Acapulco


Deliro. Tengo fiebre durante días. Llamo al trabajo y pido licencia. Mi madre viene a cuidarme, me da sorbitos de sopa y me trata con una dulzura inusitada. Hablamos de manera entrecortada y pareciera que nos decimos las mismas cosas una y otra vez. Estoy demasiado débil para conversar, pero ella me hace mimos, me dice que todo va a estar bien, que solo necesito tiempo. No habla de la enfermedad, habla de z pero sin nombrarlo. Una noche se queda a dormir y percibo, por las hendijas de la puerta, la claridad del televisor y sus voces. Mamá ríe. En algún momento, escucho que habla por teléfono con un médico o un psiquiatra o algo por el estilo.
Sueño que formo parte de un equipo de paleontólogos que descubren un neandertal congelado. ¿Siberia? ¿Alaska? ¿La Antártica? Usamos camperones térmicos y gorros bordados en piel de foca. Por las noches vemos luces púrpuras en el cielo. Cuando salimos a caminar, nos hundimos en la nieve. Percibo la imagen de un bloque compacto de hielo. Poco a poco, con picos, mazas y un aparato que despide calor por un tubo de aspiradora, descongelamos al neandertal. En el sueño se superponen, como hojas transparentes, un estado opaco con otro más visible. Aparecen, tornasolados, los rasgos de una cara, el cuerpo, una sombra, pero, a medida que avanzamos, comienzo a inquietarme. ¿Estaremos cometiendo un error? ¿Por qué revivimos a esta criatura de otro tiempo? Mis sueños aparecen poblados por esquimales, animales con mucho pelo, una aureola boreal que cruza el cielo de norte a sur. Me queda del sueño los tonos brillantes, una luminosidad cegadora, la bandada de colores delirantes y las estrellas. 
.

Entre Derek Zoolander y el Anti-arte: sobre El artista, de Michel Hazanavicius

1. El artista (Michel Hazanavicius - 2011) cuenta la historia de George Valentin (Jean Dujardin) una gran estrella del cine mudo que ve declinar su carrera ante la llegada del cine sonoro. A partir de este pasaje, El artista construye un poderoso relato que reproduce el universo cinematográfico de los años veinte. Como ya ha anotado la crítica especializada, sus aciertos son variados: planos muy bellos que contemplan las técnicas de composición de antaño, actuaciones impecables - desde la pareja protagónica, interpretados por el propio Dujardin y Berenice Bejo en el papel de Peppy Miller, hasta la gran constelación de personajes secundarios que incluye a John Goodman y a Penélope Ann Miller, entre otros - un guión preciso y cierta fascinación por plasmar una experiencia cinematográfica del pasado: el cine mudo. Por estos y otros motivos, la película ha recorrido festivales de todo el mundo cosechando decenas de premios, entre ellos, el premio mainstream por excelencia: Mejor Película en la última entrega de los Oscar. Sin embargo, el film de Hazanavicius obliga a una lectura más profunda.

2. La obra literaria de Joseph Conrad es especialmente crítica con el modus operandi de la política colonial del imperio británico a lo largo de la primera mitad del siglo XIX. Cuando Conrad se convierte en autor canónico de la literatura inglesa y la corona glorifica su producción, el poder crítico de su obra se desvanece. Hazanavicius no es Conrad, ni El artista es El corazón de las tinieblas. No hablamos aquí de méritos artísticos, sino de las decisiones de un autor en relación con la época que lo contextualiza y su posición crítica ante determinado engranaje: el Colonialismo, por un lado, Hollywood, por otro.
El arco temporal que propone El artista recorre desde los primeros años de la década del veinte hasta finales de los años treinta. El ocaso del cine mudo es análogo con el derrape de Valentin. Los cambios en la técnica y la dinámica de la industria - que, naturalmente, obedece a la lógica capitalista - exigen reemplazar lo viejo por lo nuevo. Como ya ha anotado Boris Groys, la novedad alimenta el deseo de los consumidores. El director y productor codicioso pero, al final, simpático, Al Zimmer (John Goodman), le dice a George Valentin: "Esto es el futuro", mostrándole un pequeño trailer sonoro. Valentin retruca: "Si esto es el futuro, no quiero formar parte de él". Valentin no solo es incapaz de leer la dinámica de su propia época, sino que él mismo cristaliza lo añejo, lo que está por desaparecer. Es, en suma, lo desechable porque no puede reconvertir su "arte" para que este sea usufructuado en un nuevo estadio de consumo. Hazanavicius no machaca sobre el sistema de producción del cine mudo, sino que, bajo el prisma de su personaje principal, parece criticar la lógica industrial y el estatuto del éxito, al transitar el estrellato y posterior olvido de un actor. Pero, en realidad, todo esto es una siniestra pantomima, un truco de distracción.

3. Ahora bien: aquel actor de cine mudo, Valentin ¿es realmente un artista? ¿Dónde está su arte? ¿En sus morisquetas y su capacidad para gesticular? ¿En el brillo y la gracia que transmite a través de la pantalla? Pantalla que, naturalmente, es doble, por ser un meta discurso sobre el cine mismo. Pero aquí hablamos de Valentin, y no de Dujardin, quién lo interpreta. Retomemos: ¿Por qué Hazanavicius significa a Valentin como un artista, cuando su arte, en suma, está íntegramente puesto al servicio del público y de la industria cinematográfica? Cuando su proyecto independiente fracasa, Valentin se derrumba. Antes, en pleno estrellato, las marcas de su gloria son sus cuadros, su mansión, fotos que no firma - lo hace Clifton, su chofer - estatuas, al fin, objetos. ¿Qué es un artista para Hazanavicius? ¿Qué es lo que nos remarca con su personaje? ¿Hay, en él, algo más que sed de éxito y pura materialidad?
Hacia el final de la película, George Valentin es rescatado de la pobreza y la depresión por Peppy Miller, la nueva estrella de la compañía, quien convence al productor Zimmer de contratar nuevamente a Valentin. La antigua estrella, devorándose su orgullo, explota lo único que todavía le queda: su carisma. Entonces danza como un mono amaestrado ante los gritos de los sonidistas. Así, de manera fantástica, Valentin completa su transformación en Derek Zoolander.

4. La industria del cine se encuentra, desde hace algunos años, en un momento semejante. Después de largos años sin grandes transformaciones técnicas, llegó el cine en 3D. Este nuevo formato busca salvaguardar a la industria de los grandes cambios de consumo que han generado las nuevas tecnologías. Es decir, la nueva dinámica de consumo cultural generada a partir del libre flujo de la información. La transformación del cine mudo al cine sonoro que propone El artista, dentro del marco industrial que derivó en la edad de oro holliwoodense, glorifica al cine y al sistema de producción que se ha mantenido vigente hasta hoy. Este sistema es el que sostiene la ley SOPA, el cierre a Megaupload, el bloqueo a Cuevana, la persecución por parte de las agencias de inteligencia que, centralizadas, operan en contra de las plataformas de intercambio de archivos. De esta manera, la Academia, compuesta por grandes dinosaurios, conservadora y nostálgica, no acepta otra modificación que no sea la del pasaje de una técnica a otra: de lo mudo a lo sonoro, del 2D al 3D. Hasta aquí se estira su perspectiva. Hasta aquí, habría que repetir, "su generosidad". Valentin, preso de esta constelación, no podría jamás haber tenido éxito dándole la espalda a Zimmer. Por eso Valentin no puede ser independiente. No tiene alternativas: el fracaso o el regreso a la industria del dinero.

En el último número de Esto no es una revista

.


El placer de la lectura

«No leer debería ser una elección, no un destino impuesto». Así, con la claridad de quién conoce las complejidades que rodean el acceso a la cultura escrita, Ivana Sosnik, coordinadora del programa ¡Queremos leer! de la Fundación TEMAS, traza con sutileza el nexo entre educación y posibilidades socio-económicas. De esta manera, tanto la Fundación TEMAS—una institución no gubernamental que apuntala sus programas en la Villa 21-24— como la Fundación Mempo Giardinelli, cada una con sus respectivas vicisitudes, campos de acción y estrategias particulares, recorren el arduo tejido del fomento de la lectura y la democratización de las prácticas culturales haciendo hincapié en múltiples sectores sociales. Al mismo tiempo, desde el espacio estatal, el Plan Nacional de Lectura propone centralizar las acciones en relación al fomento de la lectura. De una manera u otra, surgen diversas preguntas: ¿es posible transmitir el placer por la lectura?, ¿en qué medida la literatura, por diversa que esta sea, ayuda a generar corrientes de sentido? Finalmente, ¿cómo es el encuentro entre nuevos lectores y los textos?, ¿de qué manera trabajan las instituciones que destinan sus esfuerzos a la transmisión de la práctica lectora?

Primero, establezcamos un marco a nivel nacional: El Plan Nacional de Lectura, llevado adelante por el Ministerio de Educación de la Nación y dirigido por la profesora Margarita Eggers Lan, diseña y pone en práctica distintas estrategias para mejorar la enseñanza de la lectura, además de contribuir a su difusión, abrir nuevos horizontes y posicionar al espacio lector en distintas esferas de la vida cotidiana: desde el ámbito de la escuela hasta el hogar o los espacios públicos. De esta manera, el Plan Nacional establece una red federal que nuclea los programas de los distintos ministerios provinciales, además de llevar a cabo talleres de lectura, organizar visitas de autores y capacitar docentes y bibliotecarios. Al mismo tiempo, busca generar conciencia sobre la importancia de la oralidad y abrir el debate sobre la lectura y géneros como la literatura infantil y juvenil, considerados históricamente géneros menores.

Fundación Mempo Giardinelli

Mempo Giardinelli preside la Fundación que lleva su mismo nombre, dedicada al fomento de la lectura. En su libro Volver a leer, Giardinelli expone que el imaginario del ascenso social de la Argentina se ha situado históricamente en rededor del objeto-libro. Menciona a los clubes de fútbol, partidos políticos, sindicatos y sociedades de fomento que se erigieron alrededor de un núcleo común: la biblioteca. El origen de está dinámica cultural puede rastrearse hasta la presidencia de Sarmiento y la creación de su sistema nacional de bibliotecas, el cual persiste hasta el día de hoy con el nombre de CONABIP: una especie de tejido de lectura que recorre nuestro territorio. Para Giardinelli, la dictadura militar quebró este imaginario que depositaba en el libro la promesa y solidificación del ascenso social. Para obtener datos y corroborar su hipótesis realizó, en el año 1986, la Primera Encuesta Nacional de Lectura. En un foro organizado en el último Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA) Giardinelli confesó: «Fue muy interesante porque fue la primera vez que se tuvo una base sobre la cual empezar a pensar cómo se leía, qué se leía, por qué se leía, por qué no se leía, para qué se leía y qué leía la sociedad argentina». Es decir, desde la plataforma informativa de la encuesta, se obtuvieron los primeros datos concretos sobre la lectura en nuestro país.

Ahora bien, desde la Fundación Mempo Giardinelli(http://www.fundamgiardinelli.org.ar/), organización no gubernamental sin fines de lucro cuyo lema es «leer abre los ojos», se realizan foros internacionales, prácticas de lectura, seminarios de literatura infantil y juvenil y talleres de capacitación. Las dos propuestas más conocidas que lleva adelante la Fundación es, por un lado, el programa «Abuelas cuenta cuentos» que hoy tiene más de 3000 abuelas situadas en 70 ciudades de Argentina y 7 países de América Latina. Se trata de una red voluntaria en permanente expansión que busca, de manera desinteresada, hacer llegar la práctica de la lectura a todos los ámbitos sociales. Por otro lado, la campaña de lectura en voz alta apunta a otro cuerpo social: se presenta en relación a la institución educativa, es decir, los maestros, y la importancia del hogar. Se detiene, además, en la importancia del registro oral como valor inclaudicable de una comunidad, sin restarle importancia, naturalmente, a la lectura silenciosa.

Fundación TEMAS

La Fundación TEMAS (http://www.fundaciontemas.org.ar) es una organización no gubernamental que implementa programas destinados a la inclusión social dentro de la Villa 21-24, en Barracas. Además de una escuela de boxeo para jóvenes, un plan de microcréditos y un programa de salud bucal, posee un programa de fortalecimiento educativo y un programa de promoción y mediación de la lectura. Promueve, además, un taller de poesía para jóvenes y programas de formación de futuros docentes. En esta oportunidad tuvimos la oportunidad de conversar con Ivana Sosnik y Lucía López, coordinadoras del programa ¡Queremos leer!, que lleva adelante la Fundación.

En primer lugar, les quería preguntar cómo comenzó el programa ¡Queremos leer! y de qué manera se acercaron a él. También me encantaría que me cuenten un poquito su experiencia.

Lucía: El programa comenzó hace ya siete años y surge de la inquietud de llevar a las escuelas del barrio de la Villa 21-24, donde trabaja la Fundación, una propuesta a través de la cual pudiera despertarse el deseo de leer. Se pensaba en generar un espacio donde la lectura tuviera lugar como un fin en sí mismo y no exclusivamente como un medio para acceder a otros conocimientos.

Ivana: En mi caso llegué a la Fundación a través de una búsqueda laboral. Hacía un tiempo que había comenzado a dedicarme a esta maravillosa tarea de promover la lectura, trabajando en distintos espacios dedicados a ello; la propuesta del programa ¡Queremos Leer! me resultó muy atractiva para seguir recorriendo este camino.

Lucía: Llegué al programa a través de Ivana. Durante algunos años compartimos la experiencia de participar en un espacio de educación popular y biblioteca para niños y niñas en la Villa 20 de Lugano. Ella ya trabajaba en TEMAS y cuando surgió la posibilidad de incorporar a alguien más, me invitó a sumarme al equipo. ¡Y no lo dudé!

Una de las etapas del programa ¡Queremos leer! apunta a la capacitación de docentes como mediadores de lectura. ¿Qué actitud toman los docentes en relación a las acciones del plan? ¿Por otra parte, cuáles son las principales dificultades con las que se enfrentan diariamente?

Ivana: La verdad es que la experiencia con los futuros docentes es muy rica. Los acompañamos en un volver a sumergirse en el mundo de la literatura infantil. La propuesta se trata de disfrutar de estas lecturas para poder después contagiar este goce a los chicos y chicas en las escuelas. Y podemos decir que se produce, es muy lindo ver los climas que se logran, como se espera este momento. Para los futuros docentes muchas veces esta es la primera práctica en la escuela y esto resulta muy movilizante. Se les abren muchas preguntas y tienen la posibilidad de analizar muchas cuestiones vinculadas a la institución escolar.

Lucía: Respecto de las dificultades, hay que pensar que estos talleres se desarrollan en el contexto de una institución que tiene sus tiempos, es necesario adaptarse a ellos, ir encontrando los espacios. Además sabemos que la escuela pública atraviesa una situación muy compleja actualmente y esto lleva a tomar medidas de lucha, entonces muchas veces debemos adaptar los tiempos del programa en este sentido. Creemos que, si bien esta es una dificultad en cuanto a tiempos de implementación, también permite a los estudiantes un aprendizaje si logran interiorizarse en lo que sucede.

La Fundación TEMAS lleva adelante distintas acciones y programas en la Villa 21-24 del barrio de Barracas. Les quería preguntar de qué manera se relacionan las distintas actividades unas con otras y, en relación a la inclusión social en grupos marginados, qué sienten que aporta específicamente la transmisión del placer por la lectura y el programa ¡Queremos leer!

Lucía: En particular, el programa ¡Queremos Leer! desarrolla talleres en las escuelas del barrio a las que asisten muchos de los chicos que participan de otro de los programas de la fundación: el Taller de aprendizaje comunitario (TAC). Esto justamente nos llevó a notar la necesidad de construir una biblioteca comunitaria en el barrio donde seguir promoviendo la lectura y el contacto con los libros más allá de las escuelas. De algún modo esto sucedía a través del préstamo de libros de nuestra valija ambulante que se realiza en las escuelas año a año, pero notamos la necesidad de ir por más. De este modo, en el espacio del TAC se abrió un espacio para la lectura, las mesas de libros, la creación de historias colectivas. Y más adelante logramos abrir la biblioteca que comenzó a funcionar el año pasado y que sigue creciendo.

Otros modos de interacción con los otros programas de la fundación son las reuniones periódicas de los equipos donde se busca articular las acciones y por supuesto espacios de festivales y muestras de los que somos parte todos los que participamos de cada programa.

Ivana: Nosotras creemos que la lectura es un derecho de todos y de todas, pensamos que todo el mundo tiene derecho a acceder a la lectura, a los libros, a una variedad de ellos. Creemos, parafraseando uno de los objetivos de la biblioteca comunitaria de «La Vereda» del barrio de Once, que no leer debería ser una elección y no un destino impuesto. La lectura permite abrir nuevos universos y también muchas veces nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos, ese es el aporte que intentamos, y que —valga la aclaración— no se diferencia del que haríamos en cualquier otro contexto, esto mismo vale para todas las personas, más allá de su situación económica.

En El gran otro

Nombres

El libro de cuentos - que todavía no tiene título pero sí un orden aproximado - está en manos de la señorita Malena, primera lectora. Lo del título no es del todo cierto: debajo del nombre del archivo de word (Uvas moradas) hay una serie de palabras y frases dispuestas una debajo de la otra: Balnearios en invierno, Anís, Olas carmesí, Bicicletas en el fondo del mar. Me gustan, pero creo que ninguno tiene relación directa con el texto. Pensé que el hotel Montevideo bien podría llamarse de cualquier otra manera y darle título al libro. Pensé en un poemario de - creo - Cecilia Pavón llamado Un hotel con mi nombre. Recordé muchos otros nombres lindísimos: Antártida, Ruego por el tornado, Vos me querés a mí, Cómo desaparecer completamente, Frenesí. Me preocupa también que el libro sea demasiado corto, pero es lo de menos. Cuando la lista y el orden estén masomenos fijos, algo habremos avanzado. Después quedará reenviar el texto a otros lectores, efectuar nuevas correcciones y, entonces, comenzar a buscar editor.
.

Idea I

El argumento de una novela policial de Henning Mankell es así: su héroe, el inspector Kurt Wallander, se va de vacaciones a un pueblito portugués situado en una colina hermosa al borde del Atlántico. Después de un par de días de disfrute extraordinario, alguien aparece asesinado (¿un panadero? ¿el dueño del hostal donde se aloja el inspector?) y contra su voluntad, Wallander se ve envuelto en la investigación del crimen. Pensé que la temática, más allá de que sea algo repetitiva y trillada, es fascinante, porque permite descontextualizar a los personajes, situarlos en un ambiente exótico y enfrentarlos a un universo desconocido. Además, la propuesta es atractiva para el autor de la novela: debe imaginar un lugar idílico y sumergirse en él. No necesariamente debería ser un policial, el personaje central, se me ocurre, puede ser un futbolista retirado, un cocinero o un preparador físico y el eje de la trama pasar por otro lado. Debe haber, aun así, alguna clase de misterio a revelar que, a partir del quiebre, movilice la historia.
.

Chau Ese

Después de dos años, Revista Ese llega a su fin. Gracias a Gabriel, Antonio y Augusto por cederme el espacio donde el año pasado se publicaron "En celo" y "Hotel Montevideo". A través de este link pueden descargarse, sin temor a represalias de ningún tipo, el archivo de pdf con todo el material editado.
.