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1873

"Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que voy a ser bueno. Si fui desagradable contigo no fue más que una broma, o estaba siendo testarudo, y me arrepiento más de lo que puedo decir. Vuelve, nos olvidaremos de todo esto. Qué desgracia que te hayas tomado mi broma en serio. Hace dos días que no paro de llorar. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada está perdido. No tiene más que hacer el viaje de vuelta. Volveremos a vivir aquí otra vez, con valentía, pacientemente. ¡Ah, te lo suplico!"

4 de julio de 1873, Arthur Rimbaud a Paul Verlaine. 
 

Volver a Blanchott, siempre

¿Y si escribir es, en el libro, hacerse legible para todos e indescifrable para sí mismo?

Maurice Blanchott

Desde Río de Janeiro

Viajen a pie, el mundo se deja comprender para los que caminan. Esto tiene mucho más valor que pasar cuatro años en una escuela de cine. Manténganse alejados de los Estudios. La Academia es el enemigo. Va a matar sus instintos. En lugar de ir a la escuela trabajen como chofer de taxi o como guardaespaldas en un club porno, hagan lo que sea para ganar el dinero para hacer películas. Pero sobre todo lean. Tienen que leer. Lean y lean y lean. Pero no teoría del cine: lean poesía, libros que enseñen sobre la profundidad del mundo. Si no leen, nunca serán cineastas.

Werner Herzog

El conquistador de lo inútil

Iquitos, 17/1/81

"Rodaje. De nuevo huelga en la ciudad, pero todo esto no parece tan serio como lo habían agrandado los rumores hasta enormidades febriles. El agua subió tan alto que penetró a través de la plataforma de mi choza. Un almohadón flotaba. Por la mañana, cuando me metí dentro de los pantalones, los sentí fríos y extraños. Los di vuelta y salió un sapo."

De Conquista de lo inutil, diario de filmación de Fitzcarraldo, por Werner Herzog. 
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In love

Aquí me tienes, le dijo el hombre a la chica en el bar del hotel, con casi cuarenta años, una módica reputación, algo de dinero en el banco, una dirección accesible, un número de teléfono fácil de conseguir, esta expresión que te parece distintiva, la mano apoyada en esta mesa que sin duda es real, alguien bastante real si uno no se fija demasiado.
¿Acaso parezco, le dijo el hombre en el bar del hotel, a las tres de la tarde, a la chica que no tenía ningún lugar en especial adonde ir, un hombre que no sabe qué le pasa, o que en el fondo cree que su vida llegó a una especie de final?
Imagino que no.
Imagino que, en cualquier espejo, o para los ojos con los que me cruce, digamos una tarde como la de hoy, en un hotel así, sentado a una mesa así, parezco alguien confiado, seguro de sí mismo, que sabe adónde va y, dentro de lo razonable, es consciente de qué cabe esperar cuando llega, aunque si insistieras en preguntarme, apenas podría describirte ese destino secreto.
Pero existe. Tiene que existir. Tenemos que comportarnos como si existiera, no?, adoptar el aire de quien se dirige decidido hacia alguna parte, cargando la leve preocupación del que debe llegar a una cita, la ilusión de que hay una estación terminal, un lugar en donde nos esperan, de que mientras estamos aquí tomando daiquiris y las alfombras amortiguan los pasos y la tarde se extinge, a ti y a mí nos aguardan en alguna parte, y que hay alguien muy importante que nos espera con impaciencia. Pero la verdad es que toda esta determinación es un poco falsa, ¿no?, y no tenemos ningún compromiso, no nos aguardan ni tienen la esperanza de vernos en ninguna parte, y no hay nadie, pero nadie, esperándonos, quizá nunca lo hubo, ni siquiera al principio, hace tiempo, cuando nos apurábamos más que ahora, cuando éramos jóvenes - o al menos yo lo era; tú, por supuesto, aún eres relativamente joven; ¿qué edad tienes, veinticuatro, veinticinco? - y algo dentro de nosotros nos permitía creer, aunque fuera por un instante, que la intensidad de nuestra partida hacía necesaria la existencia de nuestro destino.
Así que ahora, cerca de los cuarenta, me digo que quizá no hay, nunca hubo, tal lugar y estoy, no desilusionado, sino solo lo contrario de ilusionado, lo cual ya es algo, o quizá no; y convivo con la sensación, muy difícil de describir, de pérdida permanente, de en algún momento haber cometido un error de esos que no pueden rectificarse, de haber hecho un gesto de esos que no pueden retractarse.
Pero eres bonita. Y son cerca de las cuatro. Y aquí están los cócteles sobre la mesa. Y en aquel espejo estamos reflejados los dos. El camarero vendrá cuando lo llamemos, el reloj hará tictac, la cuenta será pagada, la factura liquidada y la ciudad seguirá existiendo.
Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que queremos?

In love, Alfred Hayes

Chejfec

Para mi la literatura se trata, a veces, de contar una experiencia, una historia, ya sea real o ficcional, pero también se trata de contar el proceso de pensamiento, como uno percibe las cosas y es capaz de describirlas. Creo que esa es una especie de navegación narrativa que en realidad como el realismo en general y esa idea de la literatura como transmisora de las acciones efectivamente reales, muchas veces ese aspecto de interrogación reflexiva sobre las historias que contamos se deja un poco de lado. Entonces a mi me entusiasma escribir de esa manera, como intentando dar cuenta de una faceta que a mi me parece muy productiva, porque la literatura cuando nos lleva a preguntarnos sobre el significado de las cosas que nos rodean, cuando renuncia a describirla, eventualmente, alcanza una mayor autonomía.

Sergio Chejfec

La araña vampiro

Es un cuento muy pequeño sobre un chico que viaja con su padre a una cabaña en el medio de la montaña y que la primera noche lo pica una araña venenosa muy extraña, cuya única cura es que lo vuelva a picar una araña de la misma especie. Por lo tanto tiene que entregar su vida a un guía de montaña y un poco la película cuenta el viaje que hacen esos dos personajes, este joven urbano y temeroso, con este guía de montaña en busca de estas arañas que necesita para curarse y salvar su vida.

Gabriel Medina, sobre "La araña vampiro".
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In love

Por supuesto las mujeres siempre eligen, con un instinto desconcertante, los momentos más terribles para terminar una relación. Sus despedidas siempre parecen ocurrir como los asesinatos, cuando menos se las espera. Habrá una nota en la mesa de la cocina, apoyada contra la azucarera, justo el día en que, más enamorado que nunca, uno le trae una orquidea envuelta en celofán; o lo dirá caminando por la avenida, mientras uno la abraza por la cintura y le habla entusiasmado sobre una casita que vio en venta a media hora de Nueva York. Son anuncios que parecen calculados para caer los días de cumpleaños, cuando uno cree estar muy feliz o cuando se está dando un baño de inmersión, cuando la casa está más en paz que nunca, o cuando uno pasea por el jardín, disfrutando de la promesa de un hermoso atardecer. Ella esperará hasta el momento exacto en que uno se incline a oler las rosas y piense que, después de todo, es una chica esplendida, y se sienta completamente convencido, y la vida de a dos le parezca, pese a las pequeñas peleas y diferencias, muy pero muy buena, para lanzar la bomba desde detrás de los rosales.

Alfred Hayes, In love.
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Sobre la persuasión

Yo estoy convencido de que el tema del vacío de los chinos es, llevándolo a algo más occidental, el ilusionismo. El show de magia que uno puede ver en un teatro. El mago lleva a que mires para un lado mientras la cosa está pasando por el otro. En el deporte pasa exactamente lo mismo: nosotros tratamos de crear ese ilusionismo. Los sistemas ofensivos básicamente son los que hacen que la defensa vaya para un lado y la acción ocurra del otro. Tenés que hacerle creer al defensor que la acción va a estar por acá cuando querés jugar por allá. Tiene un paralelismo muy importante con lo que ustedes decían porque básicamente lo que distingue a un gran jugador de un jugador no tan bueno es el poder de persuasión que tiene generando esa distracción.

Pepe Sánchez
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Voy a robar todo lo que me cebe

"Nada es original. Robá de cualquier lugar que haga resonar tu inspiración o que alimente tu imaginación. Comé películas viejas o nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones al azar, arquitectura, puentes, señales callejeras, árboles, nubes, cuerpos de agua, luz y sombras. Elegí para robar sólo las cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo hacés de este modo, tu trabajo (y tus robos) serán auténticos. La autenticidad es invalorable; la originalidad es inexistente. Y no te preocupes en ocultar tus hurtos, celebralos si tenés ganas. En todo caso, acordate siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: No importa de dónde tomás las cosas; se trata de a dónde las llevás."

Jim Jarmusch
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El trasfondo de Peter

La burla tiene una contundencia ideológica que me resulta interesante. La burla es un recurso crítico superador a la crítica política. Porque la crítica política converge siempre en un mismo escenario: si hay un debate, todos hablan de lo mismo pensando diferente. Pero la burla, cuando tiene algún sustento en esa mirada que conlleva, cuando no es una burla adolescente, permite señalar la estafa corriéndose de la denuncia. La burla deja sopeteando al estafador durante más tiempo, me parece, porque no sabe cómo lidiar con ese otro discurso que lo desnuda. La expresión humorística se burla de las convenciones, las instituciones, la verticalidad, de ciertos discursos. Cuando escucho a Groucho Marx pienso que nada de lo estafador ni del discurso convencional puede atravesar a esa persona que se está cagando de risa de todo y está viendo cuál es la raíz de la estafa.

Capusotto, en Página
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Lo otro

La única razón por la que importa la poesía es porque tiene algo diferente que ofrecer, algo más lento de asimilar, tal vez, pero más intenso; y además, algo necesariamente en menor escala, en términos de audiencia. No es mejor que la cultura de masas, pero sí una alternativa crucial frente a ésta.

Charles Bernstein
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Lunes 17 de marzo de 1930


La prueba de un libro (para un escritor) es que pueda hacer un espacio en el cual, de modo más o menos natural, puedas decir lo que querés decir. Como esta mañana pude decir lo que Rhoda dijo. Esto prueba que el libro en sí mismo está vivo: porque no ha chocado contra eso que yo quería decir sino que me dejó deslizarlo sin ninguna compresión o alteración.

Virginia Woolf, Diarios.
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Citas III

"Paso por ser un escritor insensible, pero eso no tiene sentido. Es simplemente una manera de proyectar. Personalmente soy sensible y hasta tímido. A veces soy caústico y belicoso en extremo; otras absolutamente sentimental. No soy un ser sociable porque me aburro con mucha facilidad y el término medio nunca me satisface, ni en la gente ni en ninguna otra cosa..."

Raymond Chandler
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Me llama a cualquier hora

Me llama a cualquier hora
y yo dejo mi puesto de trabajo y corro
a través de las calles
como un camión de bomberos o una ambulancia
que se activa inmediatamente
al oir su voz. La voz de un chico hambriento
es demoledora, uno no puede decirle
"Ahora no, estoy ocupado"
y seguir haciendo las cosas de siempre
como si el llamado no hubiera existido
nunca, o sólo fuera
una pequeña interferencia en la línea.

Yo sé que con mi acción compulsiva
no voy a cambiar el mundo, que la injusticia
en la que nos movemos
exige de nosotros una participación
más afectiva, y no esta lírica revolucionaria.
Sé, en fin, que todas las ambulancias del mundo
y todos los camiones de bomberos
no apagarán la soledad
en la que se consume el corazón de esos chicos
que miran pasar la vida
como si no les perteneciera.

Pero creo en el granito de arena, y creo que el amor
es el único granito de arena
que se multiplica a toda velocidad. Creo
en la velocidad con que el amor trabaja
sin pensar en una recompensa,
no importa la hora. Se sube a la ambulancia
y corre, corre... Atraviesa las avenidas.

Osvaldo Bossi
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Tengo que reseñar un libro que me emociona

En fin, la cuestión es que un día empezó todo. Una palabra trajo a la otra y ésta a la siguiente y cuando quise darme cuenta tenía entre mis manos un libro de poemas. Yo no creo que haya una cosa más rara que un libro de poemas en este mundo. No digo que no las haya, pero en cierta forma, todas las cosas raras terminan ahí. Sobre todo porque el lenguaje de la poesía es un lenguaje común y corriente, y al mismo tiempo es algo que no se puede explicar. Como si uno estuviera hablando con un marciano. Lo digo de verdad, no exagero. Los poetas, de alguna manera, fueron ( y siguen siendo) como marcianos para mí. Con sus antenas y su melancolía incurable, hicieran lo que hicieron para disimularlo.

Cuando mi papá se enteró que yo era poeta se fue de casa y no volvió nunca más. A mamá se le partió el corazón, como si le hubieran dicho que tenía un hijo bobo y que tendría que cuidarlo el resto de su vida. De hecho, pasaron los años y no logro apartarla de esa idea. Todo lo demás es literatura, es oficio. Fui a la escuela, pero nunca terminé mis estudios secundarios, y todo lo que sé (si es que alguien puede saber algo en esta vida) lo aprendí de esos libros maravillosos que escriben los poetas, y por eso - creo - tengo una visión un poco distorsionada de la realidad.

Por ejemplo: comprendo, o trato de comprender, a todo el mundo. Me encuentro con un tipo, me dice que mató a otro tipo o que robó una casa y yo, pasado el estupor, lo comprendo inmediatamente. Una amiga astróloga me dijo que esto ocurre porque soy de piscis, el signo más completo de todo el zodíaco. Puede ser... yo solamente quiero seguir escribiendo, escribiendo, hasta que la cuerda no de para más. Alguna vez pensé en vivir como todo el mundo (a veces, cada tanto, me agarra esa borrachera) pero a la mañana siguiente, mientras me lavo la cara, comprendo que no hay privilegio más grande que dedicarse a escribir poesía - se trata, por supueto, de una apreciación personal.

Osvaldo Bossi, epílogo de Casa de viento.
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Pienso en abrirme una cuenta de twitter y cómo recuperar timming con la escritura

"Pero yo en twitter no veo la nueva literatura, veo formas de ingenio, mucho más cerca de lo publicitario, del impacto, de la interpelación, que de lo literario"

Marina Marinash, en una nota en la revista Cítrica
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Desvíos

Acá empieza otra historia, en la casa de la abuela. Ella y yo tomamos mate a las cuatro de la tarde, pronto va a oscurecer. Yo tengo nueve, diez años; ella va a cumplir setenta y usa palabras que ahora no me acuerdo. Gerardo se aburre en el patio de al lado, todavía tengo un perro al que le gusta quedarse echado entre mis pies a la siesta. También hay ruidos y olores pero no todo tiene una forma, un lugar en la memoria. Primero me llega el olvido de los ruidos, después el de las palabras. El olvido que me viene es redondo, blanco, poroso, infinito: está hecho así para que uno pueda llenarlo con carradas de ruidos nuevos, mentiras. Me quedan, entonces, imágenes mudas, colores sin nombre; después les pongo el ruido y los olores que quiero, como si escribiera en un membrete.
Hay el olor a tierra mojada, el ruido del motor de una bomba que levanta agua; cosas ciertas que vienen de adentro de algo. Ahora acomodo la espalda en el respaldar de mi silla y miro el cursor latiendo en el centro de la pantalla. Tengo que contar una historia y todo lo que está alrededor porque nunca sé si lo importante es lo que tengo por historia o lo otro, el paisaje.

Entrerrianos, Damián Ríos.
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Ficción

No se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la verdad, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación, carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una reducción abusiva y un empobrecimiento. Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerje en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha. No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino de una un poco menos rudimentaria.

Juan José Saer, en El concepto de la ficción.
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Un tigre y su domador

Soy hija de una prestidigitadora y de un acróbata. Nací, y viví siempre, en el circo. Estoy casada con un domador de fieras.
Tengo un don probablemente excepcional. Basta que alguien se acerque a mí, para que yo lea su pensamiento. Me resigno, sin embargo, a que mi actuación en el circo donde trabajo sea aún más modesta que la de los payasos: ellos, al fin y al cabo, pretenden provocar la risa. Yo, por mi parte, con falda corta y muy largas medias blancas, al compás de la música, ejecuto pasos de baile ante la indiferencia del público, mientras a mi alrededor jinetes, equilibristas y domadores se juegan la vida.
De chica fui vanidosa. Para mí no había halago comparable al de ser admirada por mi don. Pronto, demasiado pronto, sospeché que por ese mismo don la gente me rehuía, como si me temiera. Me dije: "Si no lo olvidan quedaré sola" Oculté mi don: fue un secreto que no revelé a nadie, ni siquiera a Gustav, mi marido.
De un tiempo a esta parte Gustav trabaja con un solo tigre. Hace poco nos enteramos de que un viejo domador, famoso entre la gente del gremio por tratar a las fieras com si fueran humanos, se jubilaba y vendía un tigre. Gustav fue a verlo y, tras mucho regateo, lo compró.
La primera tarde en que Gustav ante el público trabajó con el tigre, yo bailaba en el centro de la pista. De pronto, sin proponérmelo, me puse a leer pensamientos. Cuando me acerqué a mi marido, toda lectura cesó; pero cuando me acerqué al tigre, cuál no sería mi sorpresa, leí fácilmente su pensamiento, que se dirigía a mi marido y ordenaba: "Dígame que salte", "Dígame que dé un zarpazo" , "Dígame que ruja". Obedeció mi marido y el tigre saltó, dio un zarpazo y rugió con ferocidad.

Adolfo Bioy Casares.
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