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Las chicas fósiles

Aquellos que se podían desmontar, los trajeron en camiones conducidos por sonámbulos. Atravesaron el país en cajas de madera, antes, en containers gigantescos, cruzaron el mar desde la costa de otro continente. Al llegar, tres o cuatro empleados arrastraron pieza por pieza, muslos, cabeza y garras, a través de un sendero de arcilla colorada. Más tarde el dueño del parque se arrepintió y mandó cambiar todo de lugar. Una vez más, por el mismo sendero o a través de las lozas o el pasto para acortar camino, aquellos hombres silenciosos levantaron las maquetas. También debieron ocuparse de pintarlos: púrpura, verde musgo, la panza crema o carmesí. Los colores cambiaban. Los ojos siempre negros, los dientes blanquísimos, nunca amarillos. El aerosol tóxico quemaba la piel de los dedos y les hacía lagrimear el iris. A uno le creció una burbuja de sangre en un ojo. A estos que venían en piezas les decían los desarmadillos. Para los esqueletos – había dos o tres – trajeron a un especialista de Buenos Aires, el señor Ernesto, metódico, tartamudo, que usaba botas de cuero y era alcohólico.

Los otros dinosaurios llegaron en helicópteros pagados por el gobierno de Neuquén. Colgados en cables de metal, boca abajo, cruzaron el cielo durante aquellas mañanas de invierno. Hechizaban la imaginación como diamantes telepáticos. Por la tarde, los helicópteros volvían. Estos últimos eran los armadillos. Después colocaron los puestos de comidas, los juegos mecánicos y un humilde museo en una sala chiquita y poco luminosa. En medio del lago, un plesiosaurio sostenido por una línea de gomas oscuras cortaba el horizonte con su cuello larguísimo. Por dos billetes, podía rodearse alquilando unos botes de madera a pedal. En noviembre abrieron. Los primeros meses se llenó de gente de la capital, todos los días, de los pueblos vecinos, nosotros, es decir, los que no trabajábamos en el parque. Después, para atraer gente, ofrecieron descuentos y, finalmente, dejaron de abrir los días de semana. Llegó nuevamente el invierno y el parque quedó desierto. Sobre un dinosaurio, una noche de tormenta, se descolgó el tronco de un árbol y le aplastó la cabeza. Nadie removió al árbol ni al dinosaurio, quién sostuvo su extinción con elegancia.

Cuando vino la primavera, el dueño y los inversionistas habían desaparecido. Desde la legislatura, se discutió que hacer con el parque, donde movilizar las maquetas, pero el tiempo pasó y los dinosaurios siguieron allí. Poco a poco las putas comenzaron a aglutinarse en el camino que atravesaba la ciudad y recalaba en el ingreso. Un portón con un arco semicircular en el centro de una ruta angosta y arbolada. Las putas a veces cojían en los autos o en el medio del bosque. Otras, ahí el encanto, en el interior del tiranosaurus rex que, si se prendían las máquinas, todavía movía la quijada. Esto ocurrió una vez, cuando decidieron comprobar el estado de los dinosaurios y las instalaciones eléctricas. Pero, por mas que algunos estaban intactos, nadie quería comprar esas piezas en desuso, nadie los esqueletos, mucho menos remover la basura y poner a punto el terreno. Las únicas que seguían allí, por las noches, eran las trolas y los forros usados. Después llegaron los travestis y la zona roja del parque de los dinosaurios comenzó a crecer. Empezaron a llegar turistas para ver a las turras del jurásico. Así les decían. Las chicas fósiles, las que garchan en el útero de los sauros, los travas de la virgen extinta de la última era glacial. Pero ningún meteorito se estrelló sobre nada y, a veces, hacíamos visitas hasta el lago o el interior del museo. Una tarde encontramos, acostadas en un colchón de dos plazas, a cuatro chicas en el medio del parque. Desnudas. Nos acercamos y, de rodillas, acariciamos sus piernas, una y otra vez, con el dorso subíamos, bajábamos con la palma bien abierta para exprimir al máximo cada sensación. Pensamos: que esto dure para siempre, guardemos la imagen para contarla. Hacía frío, pero ellas no despertaban. Antes de irnos, alguien sacó una foto. Volvimos el martes, el miércoles, el sábado. Siempre a la misma hora. Meses después, decidieron remover el parque y trasladaron la zona roja al boulevar del Barrio Viejo. De 23:00 a 5:00 am. Hay una chica que usa un traje de latex color verde y se hace llamar Marina Jurásico. Es la más linda de todas.

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El jíbaro del hotel Montevideo

—Cuando era chico entrenaba para mi cadena perpetua. Me encerraba en mi cuarto y colocaba una pila de almohadones para cerrar la puerta. Me llevaba una mandarina o un paquete de galletitas y me imaginaba que esa era toda mi comida. Entonces la dosificaba, comía despacio. Tenía la fantasía de que estaba preso. Mi cabeza es fuerte, me adapto. Siempre creí que con un poco de esfuerzo puedo acostumbrarme a cualquier circunstancia, que mi forma de ser es bastante maleable. En realidad, lo que me genera angustia es la falta de tiempo: no tener tiempo para pensar las cosas. Es decir: me molesta hacer cosas sin pensar. Preso me sobraría tiempo para pensar en todo. Jugaba que estaba preso y que nos comunicábamos a través de golpecitos en la pared. ¿Entendés? Era muy chico y me divertía encerrado.
—Desde pendejo eras un loco de mierda —dije.
—Sí, claro. Después empecé a leer sobre cárceles. Leí mucho. Sobre la cárcel del fin del mundo hay varios libros. El petiso orejudo estuvo encerrado ahí, anarquistas, violadores, a Tierra del Fuego mandaban lo peor de lo peor. Se morían de frío. Los hacían trabajar por una miseria. Antes, cuando no me podía dormir, hacía una lista de los crímenes que podría cometer, no para que fueran perfectos sino, justamente, para que tarde o temprano me atraparan. En la cárcel uno pierde sus derechos, se vuelve propiedad del Estado, la pasa mal. Después, cuando supe todo esto, entendí que primero tendría que ser un hombre importante, con dinero, cultivado, para tener privilegios. Entonces sí, que me encierren la cantidad de años que quieran. Que me encierren.

Recuerdo que, cuando Facundo decía esto, estábamos los dos sentados en un sofá incómodo, muy bajito, mirando la final de la Copa América. Yo acababa de mudarme a un departamento de un ambiente en Almagro. Delante nuestro, en una mesa ratona, teníamos dos chops de cerveza y un cenicero. Jugaba Uruguay contra Paraguay y, cuando terminó el partido, el director técnico de Uruguay le dedicó el triunfo a todas las selecciones celestes que desde 1930 habían campeonado. Dijo que aquel campeonato que acaban de ganar había sido posible por esa larga tradición de equipos uruguayos, por su garra, por su mística, por su vocación de trabajo.

—El maestro no es ningún boludo, conoce la importancia de las genealogías. Sabe que sin el pasado no somos nada. Es importante insertarse en la Historia. Ese hombre ha leído mucho y entiende —dijo Facundo.

Para mí la inteligencia no es ninguna virtud. Cualquiera puede usar su inteligencia para cometer las barbaridades más asquerosas. Facundo era inteligente, curioso, muy observador, además de sentimental y amable, por lo menos conmigo y con aquellas personas que consideraba valiosas.

Esa tarde, cuando apagamos el televisor, dijo aquello de la cárcel. Desde entonces, cada vez que pienso en Facundo me lo imagino encerrado en una celda, sobre un catre, leyendo o meditando.

Después de aquel día no nos vimos por un tiempo. Aunque, si no recuerdo mal, ya desde antes estábamos algo distanciados. Al terminar la secundaria me anoté en la carrera de kinesiología: ingresé en un mundo de huesos, lesiones óseas y fracturas. A veces pensaba que, mientras mi amigo planeaba crímenes por las noches, yo me dormía enumerando los músculos posteriores del cuádriceps.

Facundo, que había estudiado un poco de cine, de letras, y de periodismo pero un día lo había abandonado todo, trabajaba en la fábrica de anillados de un familiar, algún tío o primo. Una mañana que no tenía clases lo fui a visitar y me asombró su poca energía y lo rutinario de su trabajo. Con cara de dormido hacía presión sobre una palanca que agujereaba los pliegues de un calendario; luego enrollaba espirales blancos o negros y con una pinza los incrustaba para cortarlos con una tijera. Hacía esto una y otra vez, rodeado de empleados que trabajaban en silencio. Anillando cosas, Facundo aguantó un año. Hizo bien: aquel trabajo le estaba demoliendo el espíritu, le pisaba la mente como una aplanadora el asfalto. Después limpió piletas, hizo un curso para guardavidas y trabajó como administrativo en una pre-paga. En aquella época conoció a una chica llamada Laura. Yo la tengo de algunas fotos, nada más. Cuando el asunto se puso serio y planeaban casarse o tener un hijo, la abandonó de un día para el otro y se fue de viaje por el mundo. En aquel tiempo yo estaba a punto de recibirme y pensaba que, para ser una persona que soñaba con el encierro, Facundo llevaba una vida idiota, con demasiadas libertades, sin compromisos.

Al volver, nunca supe con qué plata, compró un hotelito en Lobos, a 65 kilómetros de Buenos Aires, el pueblo más peroncho de la Argentina. Yo dejé de imaginarlo encerrado en una cárcel. Cuando pensaba en él lo imaginaba en una plaza con el césped bien corto, limpita, delante de una estatua del General y rodeado de personas que cantaban, muy sacadas, la marcha peronista con la mano abierta sobre el corazón. Pero Facundo, como la música de la adolescencia, se fue diluyendo. Se convirtió en otra cosa: una persona que, con los años, no se volvió un extraño sino alguien que pertenecía a otra vida, la que yo llevaba de pibe. Una vida linda, con chicas, porro y cerveza.

Un día, años después, me llamó por teléfono y me pidió que viajara a Lobos para visitarlo. Así supe que había vuelto y supe también del hotel.

—¿Porqué no te venís un fin de semana? Llegás el viernes por la noche y te quedás hasta el domingo. Tengo muchas cosas que contarte —me dijo, con la voz ansiosa y entrecortada.

Me gustaba la idea del viaje, pero algo me resultaba incómodo. Habré tardado un segundo en responder porque agregó:

—Por favor, Agustín.
—Pasame la dirección —dije al fin y esperé.
—Aguirre 458, Hotel Montevideo.
—¿Montevideo? —repetí, y recordé aquella final que ganaron los uruguayos, recordé la mesa y las cervezas.
—Sí, Montevideo. ¿Te gusta el nombre? Te espero el viernes, un abrazo grande —dijo y cortó.

***

Un viernes por la mañana partí hacia Lobos. Hacía mucho frío y por la radio habían pronosticado lluvias. A mí no me importaba demasiado que lloviera o dejara de llover, no pensaba hacer turismo, pero que estuviera soleado al momento de arrancar me puso contento. Manejé despacio, sin apuro, y durante el viaje recordé algunas cosas. Con Facundo compartíamos equipo de handball en la secundaria. Él era un año más grande que yo y jugaba de extremo izquierdo, aunque no era zurdo. Aquella vez llegamos a la final de la zona matancera pero no jugamos el último partido porque, justo ese día, se murió el cura que había fundado el colegio. Comprendo ahora que a todo relato lo direcciona, de una u otra manera, la muerte. Con Facundo nos hicimos amigos cuando nos suspendieron, a nosotros y a varios más, por apedrear el portón del gimnasio. También, porque otro pibe más grande me tenía de punto y Facundo, porque le caía bien por no sé qué motivo, me protegía. Además vivíamos cerca y viajábamos todas las mañanas en el 624 ramal Mocoretá. A mí me gustó de entrada: me flasheaba su forma de vestir, cómo hablaba, el poder que ejercía y, en secreto, me generaba un orgullo enorme que me hubiera elegido para ser su amigo.

Lobos tiene muchas heladerías, una o dos por cuadra en la calle céntrica. En total, ahora lo sé con certeza, son ocho heladerías en el pueblo. A la gente de Lobos le gusta mucho el helado, pero las heladerías también son una atracción. Los que vienen de afuera, cuando salen, toman un helado. ¿Qué hacemos esta noche? Vamos a tomar un helado, dicen. En Lobos hay demasiadas heladerías, un bar donde pasan reggae y rock nacional y se junta la turba sub-veinte, una confitería enorme, un billar, el museo de Perón, una iglesia, una plaza enfrente de la iglesia (con el pasto corto y muy cuidada, exactamente como había imaginado) y tres hoteles. El hotel Montevideo es el peor de todos. Está a dos cuadras de Provincias Unidas, al lado de una remisería llamada Paolo. Todas sus habitaciones recuerdan a uno de esos telos malísimos del conurbano bonaerense.

Cuando llegué aquel viernes, primero di algunas vueltas por Lobos y luego le pregunté a un viejo que andaba en bicicleta (recuerdo que pedaleaba despacio, como pedalean los viejos para no cansarse) por la calle Aguirre, estacioné y, en el lobby del hotel, tomando un café, me encontré con mi amigo. Primero miró su reloj como si yo hubiese llegado de sorpresa o demasiado temprano. Después sí, el abrazo.

—Loco de mierda. ¿Cómo estás? —le dije.
—Macho —me respondió y nos abrazamos con fuerza, sin soltarnos.
—No sabés. Me pone muy contento que hayas venido —agregó y me indicó con la mirada una silla.

En esos diez minutos, sucedió algo que a veces ocurre en los reencuentros: los años, el tiempo, dejan su huella y no resulta sencillo retomar el trato de antes. Hablamos un poco y de repente nos quedamos en silencio, sin temas para tocar, incómodos.

—Vení que te muestro el hotel —sugirió para sacarnos la modorra.

Con una taza de café de filtro en la mano, recorrimos el Montevideo. Él caminaba delante, abriendo y cerrando puertas al azar. Noté que estaba más flaco, bastante más flaco que antes: la ropa le quedaba holgada. Y estornudaba mucho, como si sufriera una alergia.

Recorrimos la planta baja por pasillos mal diagramados que se entrecruzaban, se dividían y, el principal, se daba de lleno con un jardín interior de dos por dos, con una silla de plástico, algunas macetas y poco más. Realmente deprimente. Una escalera llevaba al primer piso, con dos habitaciones. Volvimos.

—¿Y eso? —pregunté, por otra escalerita que bajaba casi llegando al lobby.
—Ese hueco guarda mugre y nada más —dijo.

Después busqué mi bolso y lo dejé en una habitación, la número cuatro. De las mejores, me dijo mi amigo, pero para mí eran todas iguales y no noté ninguna diferencia más allá de una ventana corrediza que daba a aquel jardín tristísimo.

Porque tenía que limpiar y preparar el hotel para las dos o tres reservas que tenía, Facundo se disculpó y me pidió que volviera un poco más tarde. O me quedara en el lobby mirando televisión. O pegara una siesta.

—Vos me hablás de cena y yo todavía no almorcé.
—Andá al bar de la esquina —me dijo y agregó —¡Que bueno verte! A la noche tenemos que hablar.
—Dale, nos vemos después.

Pero, en realidad, esa noche hablamos poco. Y yo me fui, almorcé una hamburguesa completa con jamón, queso y huevo duro y fui al museo a ver los bustos de Perón, su escritorio, cuadros y pinturas. Después manejé hasta la laguna de Lobos: un hilo de camino barroso, entre campings, pescadores, calles de tierra y parrillas arruinadas. A eso de las cuatro comenzó a llover. Primero unas gotas sin ritmo, al rato se destapó la canilla de Dios. Cuando llegué al hotel no encontré señales de Facundo. Lo busqué por los pasillos, recorrí las habitaciones, miré televisión mientras una cortina de agua caía sobre la calle.

Cuando paró un poco pregunté por él en la remisería de al lado pero una mujer con permanente y lentes grises me respondió que no tenía idea. Esperé debajo del toldo un momento, luego entré al hotel, tomé la llave número cuatro y cerré la puerta de mi piecita.

Me dormí profundamente.

***

—Recorrí Latinoamérica de abajo a arriba. Me quedé en Colombia unos meses. Después viví en Puerto Rico y trabajé en un hotel. Conocí indios, yerbateros, putas, cantantes de rock. Una experiencia que te recomiendo mucho, Agustín. Te ayuda a crecer, a ver las cosas de otra manera.
—Sí, me imagino. Contame más —dije y Facundo me contó. Sin dar muchos detalles me fue explicando las cosas que vio y lo que hizo, la gente que le partió la cabeza. A mí me gusta que me cuenten historias, soy bueno para escuchar. Disfruto de las maneras, de los ritmos. El placer del otro, al rememorar, me contenta.

Después, cuando se quedó vacío, agregué:

—Te quiero hacer una pregunta.

Hice una pausa. Unté en limón un pedazo de milanesa de ternera, la pinché y me la llevé a la boca.

—¿Qué pasó con esta chica Laura? —pregunté.

Y Facundo hizo lo mismo: chorreó limón y masticó por un rato.

—Nada, me cansé, necesitaba irme.

Y no dijo más nada. Necesitaba emborracharlo, pensé, pero solo tomaba cuando tenía ganas de charlar y no viceversa. Al final no hablamos demasiado, ni tampoco me contó aquello que me quería contar. Yo no insistí: tenía tiempo.

Cuando terminamos de cenar me dijo algo que solo me quedó por la incomodidad que podría traerme por la noche.

—Si más tarde escuchás ruidos, música, golpes, no te preocupes, son los del boliche de atrás. A veces los viernes joden bastante.

Le respondí que no había problema. Pero más tarde escuché música africana y gritos y saltos que venían de no sé dónde y no supe, entonces, si los escuchaba entre sueños, medio dormido porque Facundo me había sugestionado al mencionarlos, o porque realmente esos ruidos estaban ahí.

***

Al levantarme encontré en la recepción a una mujer gorda y un poco encorvada, de rostro macizo y con orejas muy chiquitas, que me sirvió el desayuno y me contó que mi amigo dormía.

—Dejó dicho que lo espere para almorzar —y me mostró un papel garabateado, con letra dispareja y desarticulada. Yo pensé que esa no era la letra de Facundo.

En el lobby había una pareja de viejos, que mojaban las tostadas en el café con leche y miraban hipnotizados la televisión. Afuera ya no llovía pero el cielo estaba muy gris y se notaba que hacía mucho frío. Cuando la mujer vino a ofrecerme más café le pregunté por el boliche del fondo. Me dijo que no sabía nada sobre ningún boliche. Le conté sobre los ruidos y la música. Ella levantó los hombros. Después salí afuera y di la vuelta manzana: del otro lado solo había una casa vieja, hecha bosta, nada más. Empecé a caminar, sintiendo el viento helado en la nariz. Entré a la estación de trenes, compré cigarrillos en un kiosco y, al volver, me crucé con aquel viejo que andaba en bicicleta, tambaleándose de un lado a otro.

—¿Cómo le va? —me dijo, deteniéndose en seco.
—Bien, paseando.
—¿Le gusta el pueblo? Puede visitar la lagunita, con la tormenta deben estar picando de lo lindo.
—Fui ayer. Igual, vine a visitar a un amigo.
—¿El del hotel? —preguntó el viejo, sacándose una cascarita del labio y tironeando hacia afuera. Me pareció que le salía un poco de sangre.
—Sí, ¿lo conoce?
—Ah —dijo el viejo. Luego tiró la cascarita y, sin despedirse, recomenzó el pedaleo.

Volví temblando de frío al hotel, con ganas de acodarme frente a la estufa o seguir durmiendo. ¿Qué podía hacer? Al verme, me encaró la recepcionista. Me habló muy de cerca y yo sentí un tufo agrio que brotaba de su boca.

—Le tengo que pedir un favor. Me acaba de surgir un imprevisto y me tengo que ir un momento. El señor duerme abajo y tengo orden de no despertarlo. ¿Podría quedarse a cargo? No será más de media hora, cuarenta minutos a lo sumo.

No me negué; tampoco tenía mucho para hacer. Al rato, cuando me quedé solo, tuve la idea de despertarlo. ¿Abajo? ¿Facundo dormía abajo? Pensé en aquella escalera que descendía a pocos metros del lobby. Descendí los peldaños y llegué a una puerta que parecía muy vieja. Estaba cerrada. Volví y busqué una llave extraña, que no coincidiera con las otras, porque la abertura parecía angosta y profunda. No encontré ninguna. Busqué con paciencia en los escondrijos del mueble y, dentro de un vaso de plástico, descubrí una llavecita de bronce, de un solo diente. Apoyé la oreja en la puerta. Entonces metí la llave y abrí sin hacer ruido. El aire estaba enviciado, olía mal. Apoyando la mano contra la pared avancé, tanteando. Una luz débil se colaba de la puerta entreabierta. Y de pronto comprendí que aquello que tenía delante era, sin dudas, una jaula.

***

La jaula ocupaba el centro de la habitación: era bastante grande, del tamaño de una jaula de tigre o de gorila. Cuando me acostumbré a la oscuridad, noté un camastro, una pelela de plástico y una bombita que colgaba del techo. Había también un televisor de catorce pulgadas con la antena achanchada hacia un costado. En ese momento escuché el ronquido y sentí un miedo profundo. Cuando quise volver, trastabillé con algo de metal. El sonido fue hondo y retumbó por todas partes. Entonces algo se desperezó dentro y emitió un gorgojeo: esa cosa no era, no podía ser Facundo. Justo antes de salir corriendo, como un lince, de aquella piecita, lo vi ponerse de pie. Si hiciera una lista de las cosas que me dan mucho miedo, miedo carnal, no miedo psicológico, la encabezarían los animales con rostro humano y los enanos. Una merluza con la cara de mi padre me hizo mear de miedo durante largos años de mi infancia; los enanos me generan pavor. Pienso que un enano, por su deformidad, es un ser depravado.

Más tarde, cuando llegó la recepcionista, me preguntó si todo estaba bien; le respondí que sí. Al mediodía, mientras ojeaba una revista vieja en el lobby del Montevideo, apareció Facundo. Tenía ojeras y parecía cansadísimo.

—Por tu cara conociste al jíbaro —me dijo, y colocó, con mucha lentitud, su mano sobre mi hombro.

***

Había encontrado al jíbaro encerrado en una jaulita de perro, casi muerto de hambre.

—Ahí comprendí por qué había pagado tan barato este hotel de mierda —me explicó.

Por algún motivo extraño se lo quedó, como si el jíbaro fuese una mascota, algo que no molesta. Todos los días le cocinaba y comían juntos; le compró ropa, lo vistió y lo cuidó. A veces tomaban helado: resulta que al jíbaro le encantaba. Tal vez, por el tema del encierro, le cayó simpático.

—Cuando descubrí su poder, todo cambió —dijo, mirándome a los ojos. No pregunté nada porque, naturalmente, Facundo pensaba contarme. El jíbaro era capaz de mudar su conciencia, de transferirse por un tiempo limitado a otra persona.

—Recordé que había leído libros que explicaban que algunos indios norteamericanos, por medio de rituales, sacaban su espíritu de la cárcel. El jíbaro saca su mente del encierro a través mío. Yo lo dejo, lo dejaba, pobre jíbaro, está casi ciego, medio muerto. No te puedo explicar el terror y la emoción de la primera vez. Es raro ser otro. Ves las cosas desde otra óptica. Vamos a lo básico: medir noventa y cinco centímetros te cambia la percepción de todo. Pero también, de alguna manera, me quedan rastros de su memoria. Lo fui descubriendo con el tiempo, es decir, aprendí. Cuando aprendí fue que empecé a asustarme: el jíbaro es perverso.

Por haber visto al jíbaro, creí de inmediato toda la historia. De nuevo, mientras me hablaba, me vino la imagen de mi amigo encerrado pero esta vez interpolado en la figura de un enano de un metro, oscuro, curtido y asqueroso.

—Vos sos un reverendo hijo de puta —le dije.
—Sí, ya lo sé. Pero ahora necesito tu ayuda.

Y me explicó que el jíbaro se estaba zarpando, que cada vez se transfería por más tiempo, que todo el asunto se le estaba yendo de las manos.

—Necesito tu ayuda para matar al jíbaro, Agustín. Yo no puedo solo, el guacho, si me toca, se me puede colar. Además no me animo. Tenés que ayudarme.

Y yo, por más asco o miedo que tenga, no sé decir que no. A veces doy vueltas, pongo excusas, pero al final, de una manera u otra, me convencen. Facundo me convenció y juntos decidimos asesinar al jíbaro esa misma noche.

***

Comencé a pensar en las posibilidades de la transferencia de conciencia: me imaginaba a punto de rendir un examen dificilísimo en la facultad, sin saber nada, y transferir a mi cuerpo la mente de un doctor en kinesio. En otras circunstancias el cambio podría ser terrible: estar atrapado dentro de la mente de un bajista que tiene que dar un concierto. Me pensé explicando que yo no era yo, que había olvidado todo, que en realidad no sabía tocar un solo acorde.

Sin embargo, no era tan sencillo. Según me contó, para plasmar el puente con otra persona, primero debía ocurrir un pequeño ritual. Hacía unos meses entró a la jaula del jíbaro y ambos bebieron un brebaje muy fuerte. Después bailaron y el jíbaro, que no tenía nombre o Facundo no lo sabía, recitó unas palabras y apoyó la mano sobre su panza. A partir de ese momento, solo bastaba el contacto entre ambos para que el jíbaro mudara su conciencia. Había un enlace psíquico, una autopista mental, me explicó.

—Ahora me toca y listo. ¡Pum! —agregó Facundo.

Aquella vez el cambio duró unos treinta minutos. La última, alrededor de ocho horas. ¿Qué hace el jíbaro cuando está libre? le pregunté a mi amigo.

—Pasea, mira televisión, se va de putas, compra helado. No sé bien. Creo que se está volviendo un poco peronista —me dijo, y comenzó a reír. Yo no podía, pero me gusta que la gente encuentre humor en los momentos más complicados de la vida.

Eso ayuda mucho.

—¿Y porqué no lo soltás y a la mierda?
—No quiere. Está viejo, ciego, no podría valerse por sí mismo. ¿Qué comería? Además: ¿lo imaginás suelto en el pueblo? No, hay que matarlo y listo.

Facundo tenía un revólver viejo. Ninguno de los dos, nunca, había disparado un arma. No teníamos cultura para eso, ni fibra, sencillamente no sabíamos. Recordé un cuento que había leído hacía mucho en el cual un personaje tiene que matar un perro. Durante todo el relato está seguro de que puede pero, al llegar el momento de la verdad, se paraliza. Al final le tira una sábana y lo destroza a palazos. Le conté esto a mi amigo y decidimos que era una buena opción. Algo me confortaba: el jíbaro no parecía un hombre. Entonces, mientras nos emborrachábamos con vino tinto, me mentalicé en sentir al jíbaro como un perro.

A las doce nos preparamos: yo con una frazada en una mano y una pala puntiaguda y oxidada en la otra, Facundo con el revólver. En este orden abrimos la puerta, prendimos la luz, bajé las escaleras. Mi amigo esperaba desde el rellano: él no iba a hacer nada, estaba solo por las dudas. Menos mal. O no. Porque el jíbaro no estaba dentro de la jaula. Recuerdo la voz de Facundo cuando gritó:

—La concha bien de mi madre. ¡Se escapó!

Pero el jíbaro no se había escapado, o no del todo. Mientras yo pateaba cajones e inspeccionaba la habitación, una sombra diminuta se escabulló desde un rincón y subió las escaleras. Sus piernas agrietadas treparon los peldaños con rapidez y antes de que Facundo pudiera reaccionar, el jíbaro apoyó la mano en su panza. La transferencia fue instantánea y no llegó a descargar el arma. Todo hubiera sido mucho peor. Las cosas sucedieron así. Primero sus ojos se volvieron oscuros: le cambió el gesto, la postura, la dureza del cuerpo. Después, comenzó a temblar. Esto no fue más que un segundo, porque entonces giró, le dio una patada al jíbaro y este cayó por las escaleras hasta aterrizar a mis pies. El otro cerró la puerta y escuchamos unos pasos que se alejaban. Nunca más supimos de él.

***

Desde hace seis meses que vivo en Lobos; ahora estoy a cargo del hotel Montevideo y cuido de Facundo. Por las noches tomamos helado, escuchamos música y charlamos de política. Quizá por el aire que se respira acá, hablamos de cosas como justicia social, igualdad y profundización del modelo. Mi amigo no la pasa tan mal, se va acostumbrando: está cada día más viejo, casi postrado, no ve absolutamente nada. Con el correr del tiempo va accediendo a la memoria del jíbaro y recupera imágenes, caras, pero por sobre todo paisajes. Eso le divierte. Como pedazos de sueños, no siempre es sencillo descifrarlos, me dice. Después me cuenta sobre estos recuerdos, qué cree que significan. A mí me gusta escucharlo: su voz es finita, habla desde la oscuridad, tose.

Publicado en Revista Ese

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El japonés con sangre de pato

El japonés, como todos los japoneses, tenía sangre de pato. Por eso no chorreaba y era mas o menos sencillo desmembrarlo sin mancharse en exceso. Además, yo fumaba. Hacía lo mío mientras, con el cigarrillo en la boca, expiraba por la nariz y dejaba caer las cenizas sobre su cuerpo oriental. Después, con una tenaza, empecé a cortarle la punta de los dedos. Aunque era japonés, parecían de manteca. Raúl haría un chiste con estos dedos pálidos que parecían derretirse al menor contacto. Yo seguí presionando: ni siquiera en presencia del hueso había que empujar demasiado. Antes de caer, quedaban en suspenso retenidos por la piel inferior. Sangre de pato, pensé, en el momento en que un hilo carmesí goteó sobre el plástico translúcido que cubría el piso del garaje. Cuando Julieta entró, me ocupaba de la dentadura.

– ¡Qué asco! ¿Te parece a esta hora? – gritó, tapándose la cara con la mano entreabierta. Por los rendicios, noté que espiaba. Pensé que, sin importar el momento, Julieta hubiera dicho lo mismo. Yo no dije nada y seguí tironeando. Los dientes los arrojaba en una palangana. Uno pasó de largo y atravesó el garaje hasta plantarse encima de un disco de siete kilos. Lo fui a buscar y encontré, tapado por tubos, baldes, marcos de ventanas y herramientas, el banco plano donde, hace algunos años, ejercitaba los músculos. Todas las mañanas le dedicaba una hora: series de doce repeticiones, bíceps con unas mancuernas de madera, pectorales, triceps, dorsales, hombros, vuelo lateral y frontal. Cuando volví con la muela en mi mano, lo hice inflando el pecho. Ella miraba la cara del japonés desde muy cerca, como si quisiera sentir su aliento.

– ¿Y a este dónde lo vas a poner? – preguntó. Recordé que al último, Raúl lo había disfrazado de karateca antes de dejarlo apelotonado entre las colchonetas de un tatami. Lo encontró un chico de doce años una semana después. Al remover algo, el brazo había asomado. En los diarios salió: Un japonés muerto en el tatami. Me parecía bien. Con este no sabía qué hacer, lo mejor era volver a la rutina de siempre y tirarlo al río o cremarlo. Enterrar a alguien siempre es peligroso. Prenderlo fuego era una opción. El japonés, sin dientes, sin dedos, hinchado, parecía japonés. Eso no siempre sucede. Julieta amagó con irse y, antes de traspasar la puerta, dijo:

– En media hora está lista la comida. Apurate.

Entonces me apuré y corté a una velocidad fenomenal. Al terminar, tapé al japonés con una frazada, me saqué los guantes y arrojé aromatizador de ambiente. Con Julieta comimos albóndigas con arroz. Cuando estábamos por terminar, llegó Raúl.

– Vení, sentate – le dije y saqué una fresca de la heladera. Estaba casi congelada. Raúl es alto y tiene gran parte de su cuerpo cubierto por un pelo negrísimo, quizá por eso, en el ambiente, lo llaman El húngaro.

– ¿Terminaste? – preguntó, soplando la espuma de la cerveza.

– Casi. ¿Qué hacemos con este?

Lo miré fijo. Raúl, con su cara de asesino serial, hundió la boca en el vaso.

– ¿Otro japonés?

– Si

– Bueno, dejame ver. ¿Si le sacamos los ojos y lo metemos en un cine?

Julieta había dejado de fregar los platos y escuchaba con atención.

– Demasiado. Además dejaría de ser japonés y lo importante acá es que sea japonés.

– Tenés razón. ¿El jardín japonés?

– Un poco obvio.

– ¿Es gordo? Si fuera gordo, le ponemos un pañal y lo tiramos por ahí.

– No es gordo Raúl. Pensá otra cosa.

Le convidé un cigarrillo. Raúl se paró y lo encendió con la llama de la hornalla. Yo llené su vaso.

– Prendé la tele. A veces ayuda.

En una repetición pasaban un programa de bailanta: mujeres en tangas doradas culebreaban alrededor de un caño, después daban una vuelta y sonreían. La gente de la tribuna estallaba cada vez que la cámara los enfocaba. Luego volvieron las mujeres entangadas, la banda, de nuevo las mujeres.

– Las pondría en fila y me las cogería una por una – dijo Raúl.

– Oíme… el japonés.

Raúl liquidó su vaso de un sorbo.

– Mostrame.

Fuimos al garaje y destapé el cuerpo. Como dije, parecía manteca.

– Ya sé... ¿y si lo disfrazamos de oso panda?

Julieta, desde la cocina, comenzó a reírse.

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El gorila que fumaba cigarrillos rubios

Cuando Lucía lo dejó, Matías se encerró en su cuarto y, desde entonces, no se había asomado más allá de la cocina o el living de la casa de sus padres. Ocurrió un martes por la tarde: se encontraron en un bar de Diagonal Norte donde servían chops de cerveza en balones gigantes, con la espuma al tope. Al llegar, Matías se sentó en una de las mesas con sombrilla que miraban de frente a la avenida. Conocía el lugar, la pizza de media masa era muy rica y servían picadas completas para dos personas a un precio bastante accesible. En el fondo del bar había algunas mesas de pool y un pequeño jardín con una cascada artificial un poco vintage. Dudó: ¿la calle o el jardín? Por la situación, prefería la calle. Cuando el mozo se acercó y le preguntó qué quería, Matías le respondió que estaba esperando a alguien y pensó que, seguramente, aquella era una de las últimas veces que pronunciaría esa frase.

Lucía llegó diez minutos después y, casi sin ningún preámbulo, dijo:

– Estuve pensando y queremos cosas distintas, Mati.

Los días siguientes, al borde de un estado febril, los pasó rememorando las postales más nítidas de la relación. Una tarde encontró la final del Champions Trophy y, aunque se aburrió muchísimo, lo miró hasta el final sólo porque Lucía practicaba hockey femenino e imaginó que, lo más probable, era que estuviera mirando el partido en aquel mismo momento.

Después Matías comenzó a divagar. Había encontrado en la web un artículo que hablaba sobre los hikikomoris, jóvenes orientales que se recluían en su cuarto durante meses o años, cansados de la realidad. Copió la nota en un archivo de Word, la imprimió y luego la pegó con cinta scotch en la pared, detrás del escritorio. Releía los párrafos continuamente y, llegado cierto punto, empezó a considerar que él era el primer hikikomori rioplatense. También pensó que, con un poco de esfuerzo, podría convertirse en la vanguardia de una nueva tribu urbana.

Una semana más tarde, Aníbal y Lucas, sus dos mejores amigos, fueron a visitarlo. Acostado en su cama Matías hacía zapping a una velocidad increíble. Lucas trabajaba editando animaciones de stop motion. Al ver a su amigo, pensó: “¿Cuántos cuadros por segundo tendrá Matías, acostado, haciendo zapping?” Después, al mirar por la ventana: “¿Y ese pajarito? ¿Cuántos cuadros?”. La puerta estaba entreabierta y una brisa débil la hacía hamacarse de un lado para el otro con un chirrido molesto. Lucas volvió a pensar: “La puerta tiene doce cuadros por segundo. Más no puede ser. Está lentísima”

Aníbal dijo:

– ¿Y? ¿Qué hacemos? ¿Salimos a andar en bici?

Era el primer sábado del verano y un sol poderoso, sin nubes, relumbraba el paisaje. Daban ganas de moverse y de imprimirse vitalidad. Matías dejó en la televisión un programa donde unas 4x4 atravesaban lagunitas, bosques y matorrales. Se escuchaba el run run de los motores y el instante en el que las llantas se hundían en el agua.

– Apagá eso. ¿Desde cuándo ves estas cosas? – dijo Aníbal, sentándose a los pies de la cama – Dale, vamos – agregó después, intentando arrebatarle el control remoto para apagar la tele.

Matías estaba indeciso.

– No sé, no tengo muchas ganas. Hace calor ¿no?

– No hace calor. Está re lindo.

–Hay un festival de rock en la plaza. De paso tomamos una birra – intervino Lucas.

Era muy temprano para una cerveza, apenas las dos de la tarde, pero la idea de las bicicletas y la música lo entusiasmaron.

– Creo que mi bici está desinflada – comentó Matías, buscando una excusa lo suficientemente estúpida para que sus amigos la rebatieran con facilidad. Quería complicar las cosas, hacerse rogar. Ahora en la televisión pasaban los avances de un programa sobre ovnis.

– ¿Vos crees en ovnis, Lucas?

– Yo no. Dale. Vamos.

Y fueron. En el garaje agarraron las bicicletas y comenzaron a pedalear. En la plaza, escucharon sentados sobre el pasto a una banda punki. Sobre el final de un tema, el guitarrista y el cantante, quien usaba una gorra con visera que le ensombrecía la cara, se pararon en el borde del escenario y comenzaron a escupir a la gente. Luego recibieron orgullosos la devolución de aquellos escupitajos. Abrían los brazos y pedían más, más, más ¡Somos los porno Ramones! gritaron después, completamente enardecidos.

– Qué giles – comentó Lucas.

– Re giles – repitió Matías.

Más tarde dieron unas vueltas por una feria de libros artesanales y giraron por la plaza, por si encontraban algún amigo. Justo cuando estaban por irse, se cruzaron con Juan y Toti, quienes iban a una fiesta de cumpleaños en la terraza de un bar. Matías miró su reloj: las cinco de la tarde. ¿Podría irse sin que nadie lo notara? Difícil. Caminaron algunas cuadras con las bicicletas tomadas del manubrio. Toti habló, durante todo el camino, sobre paracaidismo. Estaba obsesionado con tirarse pero necesitaba bajar siete kilos.

– Permiten hasta 90. Tengo que bajar. Bajar como sea – decía y redoblaba el paso, como si ese ejercicio mínimo colaborara con su dieta. En una esquina vieron cómo un auto pasaba por encima de una carpeta de celofán y escucharon divertidos los pequeños estallidos de las burbujas de aire.

Llegaron al bar, dejaron las bicicletas en la entrada y por una puerta lateral, subieron hasta la terraza. Había tragos, chicas en bikini y la música sonaba al taco.

– Loco, esto es un descontrol – dijo Lucas y Aníbal y Matías estuvieron de acuerdo. La fiesta estaba en su apogeo. En una barra improvisada, un brasilero en musculosa preparaba bebidas en vasos gordos de whisky. Había guirnaldas y el piso de baldosas estaba mojado. Al fondo, en una pelopincho flotaban decenas de bombitas de agua. Los tres amigos fumaron marihuana, bailaron, tomaron whiscola, fernet y Cynar con Paso de los toros. Descalzos, envueltos en el frenesí, se empujaban y decían cosas a los gritos. Cuando tuvieron hambre, Lucas se acercó a una parrilla y volvió con tres hamburguesas recalentadas.

Mientras masticaban una chica se acercó y les preguntó quiénes eran.

– No conocemos a nadie. Vinimos con Toti – explicó Aníbal.

La chica sonreía. Usaba un rodete en el pelo y un vestido rojo hasta las rodillas.

– Me llamo Lara – dijo – ¿Y ustedes?

Mientras hablaba movía los brazos hacia delante, después hacia arriba, luego los hombros, arriba, abajo, finalmente, la punta de los dedos. Todo lo hacía al ritmo de la música.

– Yo soy Lucas – dijo Lucas.

– Y yo Aníbal.

– Matías.

–Hola Lucas, hola Aníbal, hola Matías – dijo y después les preguntó si la querían acompañar al zoológico.

– ¿Ahora? ¿Al zoológico? Debe estar por cerrar.

– Cierra a las siete, pero no importa. Yo conozco a alguien. Es la hora del gorila que fuma. Todos los sábados a esta hora vamos a ver al gorila que fuma.

– ¿Un gorila que fuma? – preguntó Matías, porque estaba seguro de que algo de todo lo que había dicho Lara se le escapaba. No podía ser. ¿Un gorila que fuma?

– Le convidás un cigarrillo, él lo agarra y fuma. Se lo tenés que prender, porque no sabe. Fume o no fume, no deja de ser un gorila. ¿Vienen? Todavía podemos entrar.

Matías, en un impulso, dijo que sí. Lucas dudó. Aníbal se había separado del grupo para hablar con Toti.

– ¿Vamos?

Lara y Matías bajaron las escaleras. La bicicleta de Lara era fucsia, tenía una bocina de goma con un pico dorado y un manubrio espléndido que, al andar, se contorsionaba como un espiral fluorescente. “Lara es hermosa y su bici también” pensó Matías mientras pedaleaba a su lado. El sol despedía sus últimos rayos. Cuando llegaron a la puerta del zoológico, dieron una vuelta y ataron las bicicletas a un poste. Se acercaron a una fila de gente.

– Todos vienen a ver al gorila que fuma. Sale cinco pesos. ¿Me invitás?

Matías buscó su billetera y, cuando llegó su turno, le pagó con un billete de diez a un cuidador que tenía un brazo enyesado. Entraron. Muchas de las jaulas estaban vacías, pero en otras, alcanzó a ver a unos tigres de bengala, un enorme oso polar que descansaba al borde de un lago artificial y los búfalos, que resoplaban acostados sobre la tierra seca y olían realmente mal. El zoológico estaba casi vacío. La fila de chicos avanzaba, como en una excursión, a través de los senderos de arcilla, puestos cerrados de comida rápida y animales somnolientos. Finalmente llegaron al sector de los monos. Lara lo había tomado de la mano desde que pasaron el predio de la jirafa y ahora su contacto lo hacía temblar. De pronto fue escuchando cuchicheos de emoción y Matías no supo si la piel de gallina que empezaba a tomarle la superficie del brazo era producto de la cercanía del gorila que fuma o del contacto con Lara.

– Es acá – dijo el cuidador mientras retiraba un cigarrillo de su atado de Phillip Morris. Al frente, un gorila enorme, en posición de loto, parecía aguardar a la comitiva. Tenía un pelambre brilloso y el pecho inflado.

– Guau – escuchó Matías a sus espaldas.

– ¿Quién quiere alcanzarle un cigarrillo? – preguntó el cuidador. Después, con un movimiento de gangster, raspó el fósforo en el yeso.

Silencio. En un semicírculo que rodeaba la jaula, nadie movía un músculo.

– Él – dijo Lara de pronto y lo señaló a Matías. Todos lo miraron. En el murmullo que crecía, alcanzó a oír: “Que valiente” y “Este pibe tiene huevos”. No supo qué decir y, cuando el cuidador le alcanzó el pucho, pensó en el yeso de ese hombre que cobraba plata para ver al gorila que fuma. ¿Cuánto tardaría en pulverizarle los huesos? Imaginó por un instante la siguiente escena: el gorila lo tomaba de la muñeca, lo retorcía y le arrancaba el brazo a la altura del codo. Después se lo comía, mientras él gritaba y manchaba de sangre la cara de Lara. Sin embargo, hipnotizado por alguna fuerza extraña, había caminado hasta el borde de la jaula. El tiempo se detuvo: Matías pensó en Julia, en sus amigos, en los hikikomoris japoneses. Después pensó en todos sus días de encierro y, por algún motivo, se le incrustó en la cabeza el rostro de uno de los músicos punk que había escuchado esa misma tarde. El tiempo, una vez más, se le hizo difuso. Estiró el brazo a través de los barrotes. Entonces, lentamente, el gorila se puso de pie y, con sus negros dedos perlados, tomó el cigarrillo por el filtro.

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Besugo

Cuando Carmen entró en la pescadería quedó hipnotizada por unos pescados color cobre apilados sobre dos barras de hielo. Eran gordos, muy anchos y las escamas parecían irradiar una luminosidad extraña que se reflejaba en los cristales del congelador. Durante el tiempo en que Carmen esperó su turno no dejó de observarlos un segundo y, cuando Arnaldo le preguntó que quería, ella le indicó con la punta del dedo en alto y después dijo:

– ¿Qué son?

Besugos, dijo Arnaldo y colando las manos por detrás del congelador, apretó el pescado con los dedos enguantados, lo dio vuelta y amagó con sacarlo.

– ¿Y cuanto pesa? – preguntó Carmen.

– Novecientos gramos, un poco más – dijo y esta vez si retiró el besugo de la almohadilla de hielo y lo colocó sobre la balanza. Esta tintineó y pesó exactamente ochocientos cincuenta gramos.

– ¡Quiero dos! – dijo Carmen, decidida.

Arnaldo abrió el freezer, retiró un nuevo besugo que parecía más vivo y fresco que el anterior y los envolvió en papel de diario.

– Con limón y al horno quedan un espectáculo – dijo, mientras le alcanzaba el paquete y tomaba la plata que le ofrecía Carmen a través del mostrador.

Más tarde, cuando Carmen llegó con las compras, Mario terminaba de desayunar y amontonaba una taza y un plato en el lavavajillas. Ya estaba cambiado, vestía traje y solo le restaba anudarse la corbata. Mario, antes de irse, le explicó que ese día llegaría un poco más tarde que lo habitual y le pidió que por favor lo esperara hasta las siete, que tenían que arreglar el asunto del festejo.

– Muy bien – dijo Carmen y después de dejar la bolsa sobre la mesada caminó hasta la habitación de Inés y con suavidad la despertó.

Más tarde, mientras Inés, en su sillón, miraba hacia el jardín, Carmen prendió una hornalla y en un jarro que retiró del borde del desayunador, puso a calentar la leche.

– ¿Quiere escuchar música? – preguntó.

Al no obtener respuesta Carmen caminó hasta el equipo y sintonizó la radio FM que escuchaba todas las mañanas. Al volver Inés tenía el cuello doblado y comenzaba a babearse. Con el doblez del vestido le limpió la boca y le acomodó el pelo blanco que caía sobre su cara: lacio, débil, con la textura del hilo.

– Así estamos mejor, a ver, pongase derecha para tomar la leche. Así, muy bien. Ahora despacito que está caliente. Así, tranquila que yo la ayudo.

Sentada a su lado la mantuvo firme apoyando el brazo sobre su espalda. Luego comenzó a darle de tomar, de a pequeños sorbitos, la leche. Entre uno y otro introducía en su boca unos bizcochos húmedos que Inés devoraba con ganas.

– En estos días tenemos que depilarla porque el sábado es su cumpleaños. Y no se imagina lo que compré para la cena.

– ¡Si!

Carmen se sorprendió.

– Si – repitió Inés – Estoy tan fea, que pensará Chiche.

– Chiche se murió Inés. Hace cinco años que se murió Chiche. ¿No se acuerda?

Inés abrió grandísimos los ojos y comenzó a llorar. En ese momento Carmen comprendió que su trabajo tenía una carga de complejidad que muchas veces ignoraba, que sus palabras podían, si no las controlaba, devastar su memoria. Sin embargo: ¿Cuánto tiempo puede durar un nombre en la memoria de Inés? Carmen comenzó por explicarle que Chiche ya no estaba, que ella se llamaba Carmen y era la mujer que la cuidaba desde antes que muriera su marido, es decir, hace poco más de seis años. Que Mario, su hijo mayor, trabajaba hasta las seis.

– ¿Vos te llamas Carmen?

– Claro mamita, me llamo Carmen. ¿Por qué no se acuesta y duerme un poco?

Esa tarde, cuando Inés despertó de su siesta, las dos mujeres merendaron juntas en la mesa vidriada del living. Antes, mientras Inés dormía, Carmen se dedicó a hablar por teléfono con su hermana de Tandil, limpiar los besugos y completar con sus datos sobres que luego enviaría a distintos concursos. Según su lógica, si mandaba cierto número de cartas a todos los concursos televisivos que existían, finalmente terminaría por ganar algo importante. Hasta ahora solo había recibido pequeños premios consuelos que, más que entristecerla, parecían motivarla: cenas en restaurantes de la capital, bonificaciones en compras al por mayor y una vez, hace bastante, una estadía gratis en un apart hotel de Bariloche al cual nunca visitó, porque pagarse el viaje, había decidido, era un sin sentido que la obligaba a entrar en gastos innecesarios.

En ese momento Carmen sintió un dolor minúsculo, como si de pronto la estuvieran quemando con un cubito. Por un descuido imperdonable se había dejado morder un dedo, eso le pasaba por distraída, por agarrar la cuchara demasiado lejos del mango y tener la cabeza en cualquier parte, pensó. Lo peor de todo no era eso: Inés no se había dado cuenta que, en lugar de chupar la cuchara, había mordido el dedo de Carmen, quien le gritó soltá puta mientras, con la mano que tenía libre, le empujaba la cara hacia atrás. Inés mantenía apretada la mandíbula con fuerza, como un cocodrilo. En aquel instante Inés recordó un documental sobre un domador australiano que en un espectáculo no se había secado bien el sudor de la frente y entonces, con la cabeza dentro de la boca del animal, una pequeña gota de transpiración había resbalado por su frente hasta alcanzar la lengua fibrosa del reptil. Cuatro o cinco hombres rubios, jóvenes y musculosos, habían hecho palanca durante algunos minutos para liberar al domador y lo consiguieron solo para que este, unos años después, contara su historia frente a una cámara de televisión y mostrara las cicatrices que le recorrían el lado derecho de la cara. Pero Inés no era un cocodrilo, ni ella tenía la fuerza de un australiano grandote, mucho menos, pensó, de cinco australianos.

A las siete, mientras hacía bailar el dedo vendado a la vista de Mario, Carmen le contó cómo había transcurrido el día y lo que pensaba cocinar para la cena del sábado.

– Me parece perfecto, pero tenés que tener más cuidado – la interrumpió Mario, al tiempo que, sin mirarla, anotaba una serie de números en unas planillas largas, divididas en columnas verticales. Números, cuentas, egresos de dinero, balances.

– Si, ya sé, es que me dejé estar, agarré la cuchara y no me di cuenta y entonces.

– Ya que estamos, mañana necesitaríamos que vengas a la tardecita, para preparar todo. Yo después te llevo a tu casa – dijo Mario.

Esa noche Carmen soñó algo estúpido: un cocodrilo gigantesco la devoraba y ella, lo más tranquila, como aquella historia de Jonás y la ballena, vivía en el estómago del animal. Nadie la molestaba, no tenía que trabajar y, no sabía bien cómo, pasaba las horas completando sobres con sus datos. Lo único que lamentaba era no poder ver la televisión ni tener teléfono para que, en caso de ganar, pudieran comunicarse con ella.

El sábado, a las ocho en punto, después de untar en limón los cortes y salarlo, Carmen colocó los besugos en la fuente del horno y los rodeó, en la base, con muchísimas rodajas de papas. Más tarde puso pimienta, más sal y nuevos cortes de limón sobre los tres tajos horizontales que había trazado sobre el lomo húmedo del pescado. Luego esperó. A las nueve, cuando el hermano de Inés, Claudio, su esposa y los nietos llegaron al cumpleaños, los besugos ya estaban listos. De entrada comieron matambre y después, cuando Mario descorchó los vinos, Carmen anunció el plato principal. Al retirarlos del horno se fijó en esos ojazos hinchados, como botones, y tuvo la sensación de que, de alguna manera, algo en ellos la incitaban a devorarlos. Pero algo salió mal: los besugos estaban secos, les faltaba sabor. Apenas se comieron algunas rodajas del primer besugo y el resto quedó abandonado sobre la mesa. Los chicos se llenaron a matambre, pan y papas. Los adultos, a los que Carmen miraba comer despacio, sin ganas, evitaban hacer comentarios y ella sintió un profundo desprecio por esas personas que no sabían apreciar la naturaleza de aquel pescado pero también, su secreta fascinación por el besugo. La cena, a fin de cuentas, había sido un completo fracaso.

Después, mientras Carmen lavaba los platos y observaba los restos de los besugos, uno de los hijos de Claudio, un rubiecito de rulos llamado Lucas, se tropezó con una piedra del jardín y entró a la cocina a los gritos, con las rodillas raspadas.

– No es nada nene, no es nada – lo consoló Mario.

En ese momento comenzó a narrar la misma historia que contaba todos los años, mientras miraba a su madre de reojo, como esperando una señal de reconocimiento. Mario explicó como se habían conocido Inés y Chiche y trajo del modular de su habitación la foto de su padre en la estación Perkins. Chiche, un italiano que peleó para el ejército soviético en la segunda guerra mundial, un hombre que cada vez que hablaba de los pilones de cadáveres en la nieve (pilones que a la distancia parecían vehículos o edificios derrumbados) ponía los ojos en blanco. Chiche, quien viajó de Italia en la década del ´50 para asentarse en Neuquén, había tomado el mismo tren que, unos kilómetros delante, descarriló en la estación de Esquel. ¿Por qué se había bajado Chiche en la estación Perkins si debía seguir viaje hasta Neuquén? Mario miró fijamente a Inés.

– ¿Sabes por que se bajó, Lucas?

– No tío

– ¡Por que la vio a tu abuela! – dijo Mario y todos buscaron con la mirada a Inés. Carmen también, pero en lugar de observarla con dulzura, como todos, recordó la mordida en el dedo y sintió odio y repulsión ante esa mujer. ¿Qué hacía en esa casa? ¿Por qué cocinaba para ellos? Decidió no pensar y continúo lavando los platos.

A las doce las visitas comenzaron a irse, entonces Mario le dijo a Carmen que llevaría a su hermano Claudio hasta su casa y luego la alcanzaría. Lo primero que hizo Carmen fue acostar a Inés y luego, mientras ordenaba y decidía en arrojar o no los besugos a la basura, Carmen tuvo un impulso irrefrenable. Entonces colocó la bandeja sobre la mesa y, con las manos, comenzó a devorar el pescado. Casi sin masticar, con los dedos engrasados y sucios, uno a uno se llevaba pedazos de besugo a la boca, sin detenerse. Comió desconociendo el sabor, comió hasta sentir al besugo dentro, hasta que ya no supo el significado de esos ojos que, casi disueltos y sin forma, ya no miraban a nadie.

Cuando sintió el coche de Mario, Carmen se puso de pie y con la bandeja en la mano, lo esperó al lado de la puerta.

– ¡Mirame bien, pelotudo! – gritó al verlo y se metió en la boca la cabeza entera del besugo. Entonces masticó y masticó, hasta casi atragantarse.

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Por la boca muere el pez

Una mañana, al abrir mi correo, encontré un mail de una chica llamada Florencia Castiglione, cuyo asunto decía: Nuevas expresiones artísticas latinoamericanas. En su mensaje me contaba que había leído algunos poemas míos a través de la web y que estaba organizando un festival multidisciplinario en Chile para principios del mes de septiembre. El proyecto, me explicaba, recién estaba arrancando aunque ya tenía confirmada la presencia de muchos argentinos talentosos: escritores, dramaturgos, compañías de teatro, fotógrafos, pintores, etcétera. Y mencionaba cantidad de nombres que yo no conocía, y, al lado de algunos de ellos, ponía una sonrisa, como si estuviera especialmente feliz de que Augusto Correa o Damián Stilbz participaran del evento. Hacia el final de su mail aclaraba que el festival buscaba dar a conocer las expresiones de jóvenes artistas, preguntaba mi opinión y me pedía, por favor, que le enviara un pequeño currículum artístico y algunas poesías. Yo, por supuesto, accedí, pero aproveché para pedirle algunas referencias, más datos y luego, sin darle mucha importancia, porque no quería ahuyentarla ni mucho menos arruinar mi primera posibilidad de participar en algo grande, le conté que ya casi no escribía versos sino relatos, y le adjunté algunos en un word con las url de una o dos revistas en las cuales había publicado. Florencia me respondió al día siguiente, diciéndome que ya tendría novedades y que, por ahora, lo único que le interesaba eran mis poemas. Debe ser la única, pensé: ¿A quién carajo le puede importar mi poesía? Y después comencé a buscar datos de Florencia en el google: colaboraba en una editorial independiente llamada Cuatro cubos, era periodista cultural y también actriz. Actriz, repetí en voz alta, porque los actores en general me producen una extraña mezcla de fascinación y de rechazo.

De Florencia no tuve noticias por un tiempo hasta que, un mes después, en mayo, volvió a escribirme. Esta vez me envío una larga grilla donde estaba mi nombre, me contó que expondría mi trabajo el día sábado (el evento duraba tres días) y que sería conveniente que preparara una exposición o una lectura, si era performer mejor, porque la idea siempre había sido que todos los rubros y las disciplinas se interconectaran entre sí. Como el miedo suele abrirse paso dentro de mí de manera inmediata y con una fuerza descomunal, me asusté muchísimo y tuve la certeza de que si alguien no podía conectar con el trabajo de otro, ese alguien precisamente era yo. Sin embargo mentí y le dije que pensaría en algo, que seguramente no habría mayores problemas. Y, preso de una maravillosa cebadez, consideré hacer un mash up de poemas y cuentos con videos musicales de rappers bonaerenses, de sumar a alguien que supiera tocar la guitarra, de hacer un cut on a lo Burroughs y vivir una experiencia vanguardista un poco mediocre. Como fuera, el evento ya tenía fecha: del 3 al 5 de septiembre en el salón de convenciones de Santiago. Nosotros, me explicaba Florencia, viajaríamos un día antes, el 2 de septiembre. Igual, tenemos que encontrarnos, decía Florencia, antes de despedirse con una sonrisa.

Con Florencia nos conocimos unas semanas más tarde, en un bar de Palermo. Florencia era flaquísima, tenía unas rodillas huesudas que llamaban la atención aún camufladas por unas calzas negras, ojeras y hablaba muy rápido, casi sin darse tiempo para respirar. Yo tardaba un momento en digerir lo que ella decía, como si las palabras, escupidas una detrás de la otra, debieran acomodarse en mi cabeza para cobrar algún sentido. Además, terminaba sus frases con un ¿te parece? o alguna cosa parecida, obligándome a comentar algo, a decir que si o, cada tanto, porque sentía que de otro modo no daba la impresión de estar atento a la conversación, matizar un poco sus ideas, colocar un pero detrás de algún sí, exponerme a un ida y vuelta que, por lo general, intento evitar. Después me contó algunas cosas sobre el proyecto, me habló de una chica llamada Luisa que estaba organizando todo desde Santiago, que eran muy amigas, que juntas habían ganado un subsidio y que, creían, todo iba a salir perfecto. Después, antes de despedirnos, me alcanzó un sobre con los boletos y, otra vez, la grilla y un folletito con la data del evento.

– Nos vemos el 2 en Ezeiza, ¿te parece?

Y eso fue todo.

***

Al aeropuerto de Ezeiza llegué sobre la hora. Primero recorrí la plataforma de embarque, el check in y cuando me disponía a encerrarme a fumar en la pecera tóxica para calmar la ansiedad, descubrí a Florencia, ahora platinada y con el pelo corto, sentada en una mesa muy extensa, con quince o veinte personas, todos con valijas de diversos tamaños, hablando sin parar y gritando. Saludé, agarré una silla y me senté en la punta de la mesa, al lado de un cineasta bastante divertido llamado Aníbal, que usaba una boina escocesa y tenía una voz calma y espaciosa. Cada vez que hablaba, decía cosas redondas, muy precisas. Yo sentía la necesidad de prestar atención a las palabras de Aníbal, de estudiar sus frases. En un momento le dijo a una chica que yo no podía ver porque me tapaba el cuerpo de Aníbal:

– Escuchame bien, hace falta tener ideales imposibles, siempre.

Esa chica invisible, de la que yo solo distinguía su rodete oscuro y una risa ácida, en un momento de silencio dijo “tumebantebien” y todos rieron. Yo no entendí el chiste, pero me gustó la melodía e igualmente reí y me camuflé entre todas esas risas que brotaban en el bar carísimo del aeropuerto.

De pronto escuchamos el altavoz. Agarramos las cosas y partimos. Media hora después, me arrullaba en mi asiento clase turista. Viajé con Aníbal y Andrea, una directora de puesta muy petisa, que usaba un vestido con margaritas y unos borcegos gigantescos, negros y muy sucios. De inmediato, apenas levantamos vuelo, Aníbal comenzó a escribir en su notebook mientras Andrea, con los lentes oscuros puestos, escuchaba una música que llegaba hasta mí, una música que por momentos parecía reggae, pero cantado en francés. Yo empecé a ojear una revista de turismo: había una nota sobre el acuario de Santiago de Chile: peces hermosos y muy coloridos flotaban en unas peceras de agua turquesa. Después me dormí y soné que, en mi presentación, un empleado con mameluco me depositaba en el escenario sumergido en un balde rojo lleno de agua, luego yo me asomaba (tenía cara de pez) y leía unas poesías que, tenía la sensación, eran extraordinarias. Cuando desperté, Aníbal me dijo que había hablado dormido.

– Dijiste varias veces “el pez por la boca muere” y luego “por la boca muere el pez” y volvías a empezar como si no te decidieras por una o la otra – me contó Aníbal.

– Tuve ganas de filmarte – agregó después.

– ¿Y?

– No te filmé un carajo – y sonrió hasta que se le achinaron los ojos. Su sonrisa era amplia y comprendí que si algo me caía bien de una persona, más que la risa o el modo de hablar, era su forma de sonreír.

***

En Santiago nos alojamos en una casa con muchísimas habitaciones y un patio descuidado, lleno de tendederos con ropa colgada y macetas de piedra y una palmera altísima que podía verse hasta a diez cuadras de distancia. Si salíamos, la referencia era la palmera. Esa noche, como habíamos llegado muy tarde y la casa estaba alejada del centro de la ciudad, nos guardamos, y, a la mañana siguiente, encaramos hacia el centro de convenciones: un teatro enorme y muy cargado, en desuso y con oficinas vacías, grandes escaleras de madera y distintos salones iluminados por lámparas barrocas. En uno de esos salones habían armado decenas de stands, como una feria jipi, y, más allá, al fondo y conectado por un pasillo, estaba el escenario y filas y filas de butacas de cuero azuladas, antiguas y muy incomodas. El teatro tenía un subsuelo, al que se llegaba por una escalera caracol, donde, desorganizado y sucio, descansaba el archivo anarquista chileno, como nos contó Luisa, después de una mini gira que no duró más que algunos minutos. En el primer piso, según decía una pizarra apoyada sobre una banqueta, había una convención de bailarines de fox trot. Más tarde, cuando abandoné un momento el stand literario para ir al baño, aproveché, subí las escaleras y me asomé al primer piso. Había una mesa lateral con masas secas y saladitos, compoteras con frutas y un ponche rojizo del cual, como había visto en algunos películas en blanco y negro, los viejos, porque todos eran viejos, se servían en pequeñas tazas de café. En el centro de la sala, en un círculo de madera, bailaban las parejas siguiendo un ritmo gracioso. Sentí por un momento que había viajado en el tiempo en un delorean espiritual. Después, cuando abandoné ese mundo para volver al pasillo de los jóvenes artistas, sentí una profunda decepción: el evento no se había promocionado bien, los visitantes eran pocos y Luisa y Florencia discutían sobre cuestiones organizativas.

Por la tarde, aunque nadie sabía bien si valía o no la pena, comenzaron las exposiciones. Todos nos sentamos en las butacas, para sobrellevar los espacios vacíos, y aplaudíamos y gritábamos cada vez que alguien subía al escenario. Los primeros fueron un grupo de electro cumbia que tocaban con máscaras de animales. El cantante, que no paraba de moverse y agitar, tenía careta de tigre, el guitarrista era un jabalí, el de la percusión un oso panda. Aníbal, que filmaba con su cámara digital desde un rincón, no paraba de sonreír. Su sonrisa me calmaba, me daba ánimos. Después subió una chica que colocó un reloj digital sobre la mesa y pintó un cuadro en diez minutos. Todos aplaudieron. Cuando llegó mi turno, Aníbal me palmeó la espalda y me dijo:

– ¡Aguante!

Yo estaba muy nervioso; antes, había caminado solo por todo el teatro, había fumado en la puerta, luego volví a subir a la convención de fox trot y, al no encontrar a nadie, había bajado hasta el subsuelo: recorrí pilas de papeles anudados con elásticos y folios desparramados. Después fui al baño, me senté en el inodoro y prendí un nuevo cigarrillo. Fumé mirando el humo que ascendía hasta el ventiluz y sentí arcadas. Al salir me encontré con Florencia, que me preguntó si estaba todo bien.

– Me pone mal esto – respondí y seguí caminando en círculos.

Cuando finalmente subí al escenario para leer mis poemas, descubrí que habían colocado el reloj digital en diez y estaba descendiendo: nueve con cincuenta y tres, nueve con cuarenta y nueve, nueve, cuatro, dos. Saqué mis hojas y mientras buscaba mi voz, tuve la sensación de que las palabras, de alguna manera, no querían salir de mi boca. Dije: Daniel San. Y cuando quise leer, comencé a tartamudear; busqué otra palabra para largar, una fácil, nada de tr o pr, nada de consonantes complejas, ninguna vibrante que entorpeciera mi paladar, suspiré hondo, quise disculparme, pero, en lugar de eso, me levanté y salí corriendo de la sala. Como si atravesara un túnel con la mirada fija hacia delante, percibí a cada lado, en forma de flashes, las miradas perturbadas, la cara de Florencia, la no sonrisa de Aníbal. Abandoné el teatro, crucé de vereda y me alejé. Sudado y mareado, me senté en una plaza: busqué cigarrillos, no tenía. Había olvidado todas mis cosas. Me levanté y seguí caminando, hasta qué, de alguna manera, me encontré en la puerta del acuario. Por suerte tenía unos billetes arrugados en un bolsillo: pagué la entrada en una cabina diminuta, a través de una pequeña hendija, separado de la vendedora por una fina capa de vidrio o de plástico que pretendía confundirse con el vidrio. Si hubiese querido preguntar algo, tendría que haber gritado, o golpeado con los nudillos el vidrio, o el plástico, y modular bien despacio. Pero no hizo falta y, con el ticket en la mano, entré al acuario. Entonces giré por salones desiertos, entre peceras con luces tubulares de color violeta o rojo o de un blanco clarísimo. Por un momento, mientras miraba unos peces largos pero extraordinariamente finos, tuve el impulso de introducirme en la pecera. Sentí que esa agua curaría todo mi malestar, que nadar ahí, con ellos, me limpiaría por completo. Pensé en sacarme las medias, desnudarme, pero pronto escuché voces y pasos que se acercaban. Recordé las palabras de Aníbal: el pez por la boca muere, por la boca muere el pez. ¿Qué forma usaría yo para hablar de los peces y de la muerte? ¿Qué forma, en cambio, usaría Aníbal? Me encontré delante de otra pecera: un pez globo se hinchaba como una pelota. Por la boca muere el pez, me dije, y sentí el sabor de la frase.

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Un día de playa

Aníbal duda un momento, después se hunde y traspasa la ola por debajo. Un segundo después emerge con los párpados apretados y escucha – o quizás escuchó antes, debajo del agua – el retumbo de la rompiente.

– Apurate toro – le dice a Nacho, quién, unos metros detrás, decidió enfrentar con el pecho la ola grande y, ante el impacto, acaba por trastabillar y caer de culo. Aníbal lo mira y se ríe, luego, a pesar de que el agua le llega al pecho y ahora menos, al abdomen, porque el mar chupa hacia lo hondo y el nivel decrece por un instante, abandona su posición vertical, se lanza y da unas brazadas.

– Dejate de joder, quién te va a sacar a vos – grita Nacho, a medias atragantado por el golpe, escupiendo agua salada que chorrea por sus labios. Después avanza lo más rápido que puede hasta que el terreno, debajo de sus pies, comienza a equilibrarse y alcanza una meseta donde las olas, que romperán a unos veinte metros de la costa, le imprimen, suavemente, un push hacia arriba.

– Tranquilo – dice Aníbal – Acá está lindo ¿no?

– Si, se siente bien, es linda la playa.

– El mar está planchadísimo, esto no pasa seguido. Hace diez años que vengo acá y esto nunca, pero nunca, dan ganas de meterse bien adentro.

– Yo me quedo acá, no me jode nadie – dice Nacho y de inmediato gira sobre sí y flota panza arriba.

– ¿Alguna vez te hiciste una paja en el mar? – pregunta Aníbal.

– Nunca.

– Yo sí, es más, me la hizo Natalia. ¿Te acordás de Natalia vos? La hermana de Marianela. Vinimos con los chicos un fin de semana y ella estaba con sus amigas. Una tarde nos metimos al mar y me hizo una paja.

– Que trolita, te creo.

– Estuvo bien.

– Obvio – dice Aníbal, respirando hondo, mientras mira el cielo clarísimo.

– Date vuelta – lo despierta Nacho.

– ¿Qué?

– El bañero nos hace señas

– Decile que me agarre la poronga.

– Que pelotudo, que nos deje en paz ¿no?

– Pasa que se aburre.

– Se aburre de la gente, a mi me da risa.

– ¿Qué tiene?

– Miralos, tomando sol, con los nenes, la canastita, el gorro, el juego de paleta, que torre.

– Así son las cosas, a mi no me molesta.

– La gente.

– ¿Cómo?

– La gente, no las cosas, así es la gente.

– Da igual.

Mientras tanto las olitas siguen llegando, una tras otra, y levantan los cuerpos de Nacho y Aníbal: pareciera que levitan, que la gravedad se olvida de ellos por unos segundos y, entonces, flotan. Nacho flexiona los dedos de los pies, enroscándolos, y hunde la cabeza en el agua para refrescarse. Son las cinco de la tarde y hace un calor denso, demasiado sólido, además no sopla nada de viento.

– ¿Cómo va el programa? – pregunta después.

– Bien ¿Viste el primero? Conduce una minita. Encima en este país, si algo sobra son tipos que se mueren por mostrar sus autos.

– ¿Y les rinde?

– Si, rinde. Tenemos ideas nuevas.

– ¿Cómo se llamaba?

– Nunca taxi – responde Aníbal.

– Me gusta.

– La verdad que lo hacemos por la guita.

– ¿Y las ideas nuevas?

– Pensamos hablar con las marineritas de Almirante ¿sabes? Se le ocurrió a Agustín. Que todos los capítulos una o dos marineritas le laven el coche a unos de los locos. Va a pegar.

– Coches y minas en pelotas siempre garpan.

– Tal cual. Mirá.

Y miran: una avioneta pasa sobre sus cabezas dibujando líneas de humo que, en ciertos sectores del cielo, probablemente por el brillo del sol, se vuelven prácticamente invisibles.

– ¿Y aquello que me contaste? – pregunta Nacho, mientras la pancita de una ola lo levanta.

– Te morís, un programa de cocina.

– ¿De cocina? ¿Qué sabes vos de cocina?

– Nada, pero esperá, escuchame un segundo, un programa de cocina donde al cocinero le salga todo mal ¿entendes? Imaginate a un chabón que no sabe prender el fuego, que se quema, que los platos le salen para el orto.

– No se, decís…

– Lo pensamos también como separadores de un canal de cable, el gourmet, ponele. O podemos mostrar como el tipo hace todo mal y después, con segmentos, como debería hacerse bien.

– En todo caso el tipo podría tener un ayudante que pruebe el morfi.

– No, esperá, un maestro que le explique como cocinar, mejor, una dupla cómica.

– ¿Tiene nombre la humorada?

– Todavía no.

– El cocinero salvaje.

– Puede ser.

– El cocinero salvaje te digo.

– Si, igual está en proceso, che, ¿y vos?

– Todo muy tranquilo.

– ¿Si?

– Nada, Julia, el trabajo, todo. En realidad ahora estoy acá y me dan ganas de irme a la mierda. O sea, mirá que bien que estamos así.

– ¿Vos? ¿Adónde te vas a ir?

– Ni idea, ¿Sabías que Roberto se va a Brasil, a remodelar un hotelito? ¿No está bueno?

– Que se yo. Si. Un poco, claro.¿Pero después?

– No se, no importa.

– Si es por irse, loco, nadás derecho. Es más, podes construir una balsita, la llenas de vino, una radio con música y unos sanguchitos y seguís viaje hasta alguna isla.

– Si llegamos a África podemos tener cuatro o cinco mujeres.

– Y hacemos ceremonias de ayahuasca con un fucking indio.

– Me copa el plan.

– Qué fácil que te cebás vos eh

– Un poco. Te digo algo, se me están entumeciendo los pies.

– Nadá, boludo, nadá… ¿Ves lo que viene ahí?

– ¿Qué? – pregunta Nacho, dándose vuelta.

– La rubia loco, ahí viene.

– ¡Mirá esas tetas!

– Uf, en cualquier momento la agarra una buena ola y se queda en pelotas.

– Viene para acá.

– ¿A qué no te animás a tocarle el culo? – propone Aníbal.

– No se.

– Dale.

– Bueno, esperá que venga una ola.

– Esta.

– No, la que viene.

– Ahora.

Nacho se sumerge, nada unos metros y, al pasar, le aprieta la cola a la rubia. La rubia siente el manotazo, pero Nacho se ha dejado ir mar adentro, ya está lejos y, envuelto en las olas, no escucha nada. Aníbal se ríe y también lo ve irse, despacio. Cuando grita ey y comienza a hacerle señas, Nacho ya está muy lejos y casi no se lo ve entre el brillo del sol y el agua salada. Se le distingue la cabeza, apenas, sube y baja, una y otra vez, hasta que comienza a perderse mar adentro. Entonces Aníbal piensa: por fin, y comienza a nadar hacia la orilla.

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