Wisconsin

Es un hombre llamado Héctor
el que sale de la penitenciaria de Wisconsin
sabiendo que nadie lo espera; cruza
carreteras con su valija en mano
durante horas
bajo un sol tremendo
hasta deternerse en un pueblo
llamado Philipsburg;
al día siguiente Héctor
conseguirá trabajo
en los trigales o en un market
colocando comestibles
en bolsas de madera
para cowboys que ruedan
en la estopa de la mañana.

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Nos iremos a Burkina Faso en un crucero de lujo

Nos iremos a Burkina Faso en un crucero de lujo
ya verás, pasaremos los días y sus noches
encerrados en una pequeña cabina con un ojo de buey
con vista al Atlántico. Pienso leer a Sarah Bouyain
y a Joseph Ki-Zerbo
sentado en el borde de una pileta climatizada
mientras vos tomas el sol del trópico
como Virna Lisi en los años ´60. Por lo pronto
no tengo idea quién gobierna Burkina Faso
ni siquiera quién es el deportista
más famoso de esas tierras
si son comunistas o intervencionistas
si el latifundio sigue siendo el sistema
de organización agrícola predilecto.
Durante el viaje conoceremos
una pareja de exiliados húngaros
perseguidos por la Interpol.
¿No lo sabías? Es demasiado sencillo
enamorarse de esta clase de sujetos
nacidos en Europa del Este. Las noches
en África serán calurosas y sombrías
y los días brillantes
como un perro amarillo. Usaremos
lentes oscuros y jugaremos a la wii
en nuestra habitación de hotel
para matar el aburrimiento. Luego
haremos el amor cubiertos por sábanas
aterciopeladas como un par
de linces frenéticos. Y nunca
jamás te diré que en realidad
lo que nos une es mucho menos
que esto.

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El último sábado de cada mes

Espero el último sábado de cada mes
para visitar la casa de mi ex novia
y así me paso la tarde dedicado
como un reclutador obsesivo
a observarlo todo
desde la vereda de enfrente;
escuchenme bien, nada cambia
el cesto de basura, los gatos
sobre la ventana, el portón
que previene el arrojo de la delincuencia;
sin embargo
encuentro pequeñas modificaciones
por ejemplo alguien
ha podado los tilos y un grafitti
escrito en pared con aerosol
dice aguante Chicago
manga de putos. Ahora mismo
dentro de su casa quizá mi ex
prepara una clase
o chatea con sus amigas
o se calza las zapas
para salir a caminar. Son extrañas
las formas en que un hombre
protege su parcela de historia.

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Para volver a sentirme

Para volver a sentirme
un pibe de quince años
te voy a pedir el peor
vino que tengas, ni siquiera
el más barato, un vino Bowen
o Arizu a rosca
entonces me voy a sentar a escuchar
el trulala de la cumbia
en el jardín de mi casa.

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Si pasan los años lentamente

Si pasan los años lentamente
y me arrasan como un oficio insoportable
si pasan los años como están pasando
y me vuelvo igual a vos
te juro que me la corto en seco.
Si llega el día en que tus amigos me escuchan
y dicen como viejos scouts
que se nota que en mi depositaste
tu semilla sagrada
te vuelvo a jurar padre
y yo nunca olvido
absolutamente nada.

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Haiku boiled

Tu novia cena con su ex
en una bodega de Caballito.

Decime: ¿no te rockea
que este cielito hermoso
se caiga a pedazos?


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Es difícil explicarte, me decís

Es difícil explicarte, me decís
pero llegará el día en que golpeen a tu puerta
y pasen en pelotón todas
las chicas que alguna vez quisiste.
Estará tu vecina Celeste; Vero
quién te dejó por Josue
una tardecita de primavera;
estará la madre de tus hijos;
aquella piba que conociste
en un camping de Chascomús
y nunca olvidaste. En resumen
serán mas o menos
considerando tu cuota de espanto
o de maravilla, tu porción
de amor
tu permanencia; momento
extraño el que sigue: caerán
zarzas molidas
a través de tu cardigan
o sueter.

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Música para hipopótamos


Sale de la ducha chorreando agua y mientras se seca el pelo con una toalla oscura, camina hasta el living. Luego se deja caer en el sofá, cruza las piernas; por un rato mira las paredes, después el balcón con las plantas, las dos sillas un poco sucias e iluminadas por un tubo de luz que hace un ruido estridente y se demora unos instantes en cobrar fulgor. Al levantarse nota la humedad que ha dejado su cola mojada sobre el cuero del sofá. Clara camina hacia la habitación (antes se miró de reojo en los espejos del pasillo, pensó que estaba linda, que tiene que ir al flebólogo): elige una falda oscura, unas sandalias, una musculosa violeta. Así estás bien Clara, así estás bien, repite para sí misma. Entonces lo nota: desde siempre los pies le dan impresión, de chica, para no verse, solía bañarse en el río con las medias puestas.

Antes de salir chequea unos mails, alguien le escribe que quiere verla, se acuerda del cumpleaños de un amigo que no visita hace mucho, no te olvides de escribir, no te olvides, se dice, el lunes se entregan los trabajos, mañana es lunes, cosas así. El cursor del mouse vaga por la pantalla, traza figuras imperfectas que saltean íconos sobre un fondo de mar, caribe y palmeras. A los quince minutos baja por el ascensor. Son las nueve y media de un domingo de verano y nadie la ve salir. Camina cinco cuadras. La vemos andar nerviosa, prender un gitanes. Fuma mirando el cielo encapotado, suspira y gira, otras dos cuadras, diez, veinte, treinta pasos. Al llegar aprieta el sexto B en un bloque plateado que esconde huellas táctiles a contraluz. Espera uno, tres, seis segundos, dice soy yo, pausa, viene a verte, pausa, la puerta se abre y camina hacia el ascensor; sube con un padre cuarentón que en su mano izquierda lleva un paquete de empanadas y en la otra arrastra la mano diminuta de una nena de seis años, con trenzas y vestida con un carpintero precioso. La puerta del sexto B está entornada. Desconocemos su nombre pero se besan ahí nomás, la puerta se va cerrando, despacio, se cierra, se cerró. Nos quedamos fuera mientras el pasillo se oscurece y escuchamos las voces, cada vez más distantes. Las cosas permanecen quietas, aletargadas, podríamos aburrirnos pero no, esperamos, miramos los objetos, el tono de la noche que baja hasta que al fin nos acostumbrarnos a la ceguera, de a poco, imperceptiblemente. De pronto, unas horas después, la puerta se abre. Clara sale apurada y es tan lindo ver como se aleja, como se pierde mientras la luz de una bombita le cae en la espalda dibujándole una sombra que no corrige nada, esta monísima la hija de puta, que linda es Clara. Camina contenta y todo gana en colores, naranja, celeste y amarillo, colores por todas partes que se mueven como manos que se tocan. No sabíamos que los colores pudieran tocar tanto. Clara tampoco sabía. Abre la puerta de su departamento mientras revisa el celular que acaba de vibrar: que mal me hace verte, es la última vez dice el mensaje de texto. Entonces, así como así, los colores se borronean. Clara se mueve apenas, lo mínimo indispensable para apretar play con el mouse y elegir una canción de Nick Cave. Le sube desde el pecho hasta la garganta, como si pecho y garganta fueran una misma cosa, las ganas de tirarse en la alfombra y empezar a agitar los brazos, patalear. Siente como la pieza se va quedando sin aire, que el aire falta en todo el segundo piso, en todo el barrio de Caballito. Algo chupa el aire del mundo: una gran aspiradora de metal inflándose hasta reventar. Luego el silencio. Clara busca una cerveza en la heladera, la abre, llena un vaso, en un marco hay una foto y en la foto hay una sonrisa, la suya, que parece estirarse cada vez más. Quiero robarme esa sonrisa, piensa Clara. Podría tener un gato pero en su vida no hay espacio para mascotas. Sin embargo abre una tableta, se tira en la cama vestida y comienza a llorar: espantan esos gemidos entrecortados, un poco huecos, pero más espanto aún verla y no poder hacer nada. Clara se levanta con el rimel corrido y avanza hacia el balcón. Levanta el rostro a la oscuridad y se deja caer. Rayones y figuras perpendiculares se suceden a una velocidad excesiva. Nosotros no perdemos tiempo y nos tiramos con ella, uno a uno porque no podemos dejar de mirarla, de seguirla, nos lanzamos hasta que el primero de nosotros siente el golpe y estalla.