En ADN

Me hicieron una nota muy linda para ADN Cultura. Gracias Naty Blanc por tus palabras y Eduardo Carrera, por favorecer mi perfil.




Restos de una entrevista con Félix Bruzzone


El lunes estuve charlando con Félix Bruzzone, con la excusa de una entrevista para la revista El Gran Otro. Para aquellos que no lo conocen, Bruzzone escribió un libro de cuentos excelente titulado 76 (2007, Editorial Tamarisco) y 2 novelas: Los topos y Barrefondo, ambas editadas por Random House Mondadori. Como el espacio que tenía para la nota era muy pequeño, tuve que dejar muchísimas cosas fuera de la versión final. Aprovecho que tengo un blog re lindo para colgar algunos momentos imperdibles y agradecerle a Félix por la amabilidad y la onda.

Generaciones literarias

"Me da la impresión que nuestra generación, por algún motivo, tuvo bastante éxito entre comillas, porque era algo bastante inesperado en la era de Internet, con los miles de dispositivos que hay para no leer y otros tipos de consumos. Es muy llamativo que los autores de mi generación y un poco anteriores tengan tantos lectores en comparación con los ´90 que creo se leía menos que ahora.  No se, es una hipótesis. Al menos hay más autores, más movimiento, más circulación".
 
Líneas de acción

"Cuando empecé a escribir estos cuentos, mi ídolo era Martín Rejtman y Manuel Puig y toda una linea que se puede hacer de Puig hacia delante de escritores preocupados por un lado por el habla pero también por cómo el habla está atravesada de un montón de imaginarios que vienen de lados totalmente prefabricados, cómo los géneros literarios, por ejemplo". 

"También en esa época había leído El terrorista de Daniel Guebel, que me pareció un relato muy interesante, para ver los problemas de los años ´70, de la revolución, de todo ese imaginario. Fue el primer libro que yo leí en ese sentido, no digo el primero que se haya escrito porque realmente no lo sé, pero sí que yo leí. Salvo Historia argentina, de Rodrigo Fresán, que había leído un poco antes. Pero en Historia argentina había una voluntad más personal de Fresán. En el caso de Guebel no, se lo notaba separado de lo que estaba hablando, me parecía mucho más juguetón y fuerte la apuesta".

Torcer el realismo

"El realismo es algo muy difícil de manejar. Yo entiendo que no existe eso. Existe, sí, una voluntad de representar cosas que más o menos compartimos y creemos que es la realidad. Después, las interpretaciones son profundamente subjetivas, más en el arte. Entonces de alguna forma quien se propone hacer un relato realista ya está de movida proponiendo un engaño. Yo nunca quise hacer relato realista. Sí lo que quise hacer son relatos bien explícitos desde el inicio, eso no creo que sea un relato realista. Es la voluntad de explicitar algo y ver hasta donde se puede llegar. Arrancar diciendo: “Yo soy fulano de tal, hijo de desaparecidos, a mi mamá la torturaron y la violaron” y a partir de ahí estirar la cuerda y ver hasta donde llega.  Entonces si aparecen otras dimensiones e intervienen los géneros en la medida en que nuestra propia subjetividad está atravesada por los géneros. Los géneros literarios no están solamente en los manuales, o en las películas que vemos, sino que están dentro nuestro. Es más, muchas veces leemos la realidad como si fuera un género literario".
 
Chau tradición, hola Mariano

"Creo también que nuestra generación, de alguna manera, no nos vinculamos tanto con las grandes tradiciones, como que cada uno se arma su propia tradición. Hay más permiso para pensar tradiciones personales y heteróclitas. A Mariano Blatt, por ejemplo, lo escuché varias veces decir que no lee. Más allá de que sea un gesto o no, que exista realmente la posibilidad de que haya un escritor que no lee es interesante. Que no lea libros, que lea el mundo, no se, otro tipo de productos culturales. Eso me parece un cambio generacional importante. Al mismo tiempo, que la biblioteca deje de ser un espacio físico para estar en Internet, o en una charla entre amigos, o algo más en el aire. Creo que hoy en día una biblioteca para un escritor está mucho más en el aire que antes. Creo que hay más permiso la posibilidad de trabajar con materiales de otra manera. La idea de Borges, que pasó la mayor parte de su vida en una biblioteca, hoy en día se corrió. Cuando hoy se piensa como se lee a Borges o como se reescribe esa cuestión de la gran literatura argentina, también se reescribe sobre esa idea, la del tipo que está sumergido en una biblioteca. Con esto no quiero decir que haya que ser vitalista ni nada de eso. Yo no me considero vitalista ni antivitalista. Tengo días muy vitalistas y otros todo lo contrario. No es que creo que sean ciclos. Me parece que hoy hay un cambio grande en el tipo de consumo que hace que las cosas se puedan pensar de otra forma. No es algo en contra de, sino en relación a que cambiaron un montón de cosas".

Chicos en Kosovo (Tercera entrega)



        Cuando Verónica me cuenta que a su hermana la dejó el novio y que está tomando anti-depresivos, la interrumpo para decirle que de eso murió Ian Curtis, el cantante de la banda inglesa Joy Division. Como al hablar uso un leve matiz irónico y me quedo aguardando que ella mencione alguna cosa, Verónica me dice que me quede tranquilo, que la conoce muy bien a su hermana. Después miramos el reloj, entre las dicroicas del bar y unas luces flúor, del color de ciertos jabones industriales.  
     – Mirá – le digo señalando con la cabeza a un pibe bastante borracho que se pone a bailar reggae en la entrada del bar.
     Verónica ríe, me dice que está bueno mi cardigan y sube las escaleras hasta el baño del primer piso. Ese tiempo lo aprovecho para llamar a Julián: el gil me clavó a propósito. Para pasar el rato, observo un dibujo colgado en la pared: Han Solo enfrenta una tundra de nazis, con Chewbacca, el Halcón Milenario y Luke detrás.
     Al rato, cuando Verónica vuelve, me la empiezo a imaginar desnuda y veo la escena desde arriba, como un panóptico, después desde una posición lateral y finalmente desde mi perspectiva. Se trata de una serie de diapositivas que se suceden a una velocidad fulminante, una tras otra. Tengo que refrenarlas, pienso, refrenarlas para sentirles el gusto. 
     Verónica se sienta y decidimos pedir otra jarra de cerveza tirada y una nueva ronda de palitos salados.
    
     Al día siguiente amanezco muy mal. Me arde la cabeza, estoy sudado y me cuesta levantarme. Lo intento una vez, dos veces, vuelvo a caer y me limito a  mirar el techo del cuarto. Por las hendijas de la ventana se cuelan pequeños rayones de sol en forma de bloques rectangulares que culminan su recorrido en la pared. Pienso que afuera el día debe estar muy lindo y entonces tengo conciencia de que me siento pésimo. Me levanto, voy hasta la pieza de Julián y al no encontrarlo camino hasta la cocina en busca de aspirinas. Me preparo un té de boldo y me hecho en la cama hasta que comienza a anochecer.
     Lo que hago entonces es pegarme una ducha con el agua hirviendo. Después, desnudo, me siento en el inodoro y hundo la cabeza entre los brazos. No sé cuanto tiempo estoy así, hipnotizado, con un brillo fosforescente que late en mis ojos, sin saber que hacer, hasta que me vienen arcadas y vomito los azulejos del baño. El resto del vomito, carne, baba blanca y esponjosa y pedazos grandes de algo amarronado, cae en la pileta. Cuando me recompongo junto los pedazos con los dedos, los aprisiono con fuerza para que no resbalen, los lanzo en el inodoro y hago correr el agua del tanque. Después me acuesto en la bañadera con las piernas flexionadas y los brazos colgando, preparado a estirarme en caso de que haga falta. Pero no sucede nada, estoy vacío, seco por dentro.
     Me despierta el teléfono. Cuando atiendo escuchó la voz de mi padre.
       Amanecí con fiebre y mal de la panza – explico, apoyando el aparato entre el hombro y el mentón. Una posición bastante incomoda.
       ¿Te tomaste una aspirina? – pregunta.
     Le cuento lo que pasó y se ofrece a venir. Lo tranquilizo, le digo que no hace falta, que ahora me voy a acostar. 
     – Además, no pasa nada papá – digo y giro el aparato, relajo el cuello y respiro hondo.      
     – Bueno, cualquier cosita me llamas – decide y me cuenta de un partido de tenis que acaba de ver por televisión, una repetición de la final de Wimbledon entre Borg y McEnroe.
     Cuando me despido, quedo un momento con el tubo en la mano, sentado en el sillón, en pelotas. Media hora después tocan el timbre, me visto con la ropa que use anoche y bajo en ojotas. Lo primero que dice Sofía, antes de saludarme, es que tengo una cara de mierda.
     Otra vez estoy en la cama, escuchando como Sofía trapea el piso del baño.
      – Me estoy re muriendo Sofi, ayudame.
        Pelotudo  
      – Me voy a morir y vos no haces nada
      – Te cuido y encima limpié todo el vómito, ¿te parece nada? – me dice, frunce la nariz y pone cara de asco – Te tenés que buscar una novia boludito. Acostate bien, dormí, ¿querés?

Volver a Blanchott, siempre

¿Y si escribir es, en el libro, hacerse legible para todos e indescifrable para sí mismo?

Maurice Blanchott

Chicos en Kosovo (Segunda entrega)



     En alguna parte de Chile hay un lago de sal tan poderoso que los viejos se sumergen y salen convertidos en momias radiactivas. ¿Qué efecto produce el exceso de sal en el organismo? ¿Y en la mente?

      Me acuesto con medias y me tapo con una frazada de lana hasta la nariz; me hago bolita, me enrosco y me duermo enseguida. Tengo unos sueños raros y profundos, llenos de imágenes luminosas, que por la mañana no recuerdo. Tengo memoria, sí, de que con Sofía y Julián arreglamos para salir el sábado por la noche a un bar de Almagro, un bar donde pasan buena música y la birra es un golazo, dicen. Podemos invitar a Verónica, aclaran, para convencerme. Verónica es amiga de Sofía, licenciada en antropología, profesora en un colegio secundario de La Boca, alta, bonita.

     En la calle me mareo por la helada o el cansancio; cruzo Rivadavia y en un kiosco compro un alfajor triple de chocolate y una gaseosa de medio litro. Pongo todo dentro del morral y prendo un cigarrillo mientras espero el 136. En el colectivo, a pesar de que hay asientos individuales libres, me siento en uno doble, al lado de la ventanilla, y escucho en el Ipod los doce tracks de un grandes éxitos de Joy Division, mientras miro a la gente, los coches, un local de ropa deportiva que comienza a levantar la persiana.

     Me bajo cerca de la estación de Bella Vista y camino hasta la Plaza San Martín por un calle arbolada. La primer encuesta de la mañana se la hago al dueño de una fiambrería, un muchacho rubio de treinta y dos años llamado Aníbal, que se queja del tiempo, del poco trabajo y la inmigración china en el barrio.

    Julián dice que tenemos aguante de sobra. A mi el concepto del aguante me da un poco de risa. ¿Qué significa tener aguante? ¿A quién le importa? Es sábado al mediodía y nos invitaron a  comer un asado en Hurlingam; bajamos del Sarmiento y caminamos, mirando un plano fotocopiado, tres cuadras hasta una farmacia y luego por una calle angosta, repleta de claridad y de casas americanas con jardines. Tocamos el timbre y después de abrazarlo al Rey, cruzamos un pasillo húmedo lleno de vigas y tambores oscuros de metal, hasta una escalera caracol que tambalea y cruje, no se queda quieta. En los descansos hay malvones y macetas con cactus diminutos con flores extrañas como órganos extraterrestres.

     – Arranquen por acá muchachos – dice el Rey y nos señala otro pasillo con sillones de mimbre, acrílicos plateados y telares de gamuza colgando de ganchos enormes y oxidados que descienden del techo.

    Ya en la terraza nos sentamos en unas banquetas ubicadas en ronda, de cara al sol y a una parrilla de ladrillo a la vista donde, a fuego lento, se tuestan las tiras de asado y las achuras. Respiro hondo y siento el olor de cada uno de los amigos, la carne, un aroma a menta mezclado con pis de gato. Así, de a poco, comienzo a encontrar mi lugar de pertenencia, el espacio que ocupo en el grupo y lo que se espera de mí. Una vez hecho esto construyo mis frases, cada comentario, mis reflexiones y risas, siempre efectuadas en el momento oportuno. Más tarde el Rey trae una mesa plegable con una sombrilla que no termina de abrirse, de colores gastados, amarillo, rojo y verde. Tomamos vino tinto y comemos una picada de queso y salame. Después del almuerzo me toca lavar los platos mientras un pibe de pelo largo y pecas que no conozco se ríe de los chistes de los otros. Yo lavo, raspo, unto la rejilla con detergente.  

     En la sobremesa uno de los pibes cuenta que, para hacerle la cola a su mujer, primero se humedece el dedo gordo en saliva y tantea la zona.

    – ¡No falla nunca, prueben! – dice.

    Antes de irnos, mientras los amigos terminan de jugar al wining en la habitación del Rey, me siento en el suelo caliente de la terraza a fumar con las piernas estiradas. Por un cielo despejado y excesivamente azul pasan unas nubes finitas y alargadas.

     Durante el viaje de regreso, desde Hurlingham a Caballito, me entretengo con el degradé urbano que crece a medida que el tren avanza. Escucho Velvet Revolver, Juana Molina, The Police, Mano Negra y así voy mirando las cosas como en un videoclip, bajo el tumulto de la música. Sé que, en el futuro, seguramente tendremos un Ipod intraorgánico que elija la música por nosotros. Julián, en ese momento, me saca de mi mundo interior para preguntarme si escuché la historia del Rey, su viaje a Sudáfrica, el safari, el asunto con los pigmeos. Le digo que si pero igualmente me cuenta todo desde el principio, sin olvidar detalle, y se ríe con fuerza al recordar cada anécdota.

Chicos en Kosovo (Primera entrega)


– A mi lo que me gusta de la música es que potencia los sentimientos. Si te pones triste, intensifica las ganas de estar solo, te hace rumiar a vos mismo, encapsular al dolor. En un buen día la energía se multiplica, algo brota desde adentro y comienzo a crecer: cantás, saltás, bailás. Al menos por un rato, lo que dura la droga o la emoción, ¿entendés? – le dice un pibe completamente rapado a otro, en el asiento de adelante del Roca. Miro su nuca: tiene un tatuaje en el centro, un espiral oscuro y una daga que lo traspasa. En el vagón el frío se cuela por las ventanas entreabiertas y para distraerme comienzo a desflecar los bordes del boleto en tiritas muy finas. Mientras tanto, escucho con atención: los chicos del frente hablan de música pop, de una minita linda que los histeriquea, algo de un partido de fútbol americano en el club Comunicaciones.

    Antes del mediodía estoy preguntando en la oficina de admisión del hospital por los papeles de Rubén Masvernat, atendido en la guardia el día sábado después de sufrir un choque frontal a la salida de la disco El Bosque. Me atiende una mujer de pelo enrulado, con ojeras, que habla mecánicamente, sin pausas, y después de quince minutos de espera en unas sillas de plástico color beige, me alcanza los papeles sin demasiadas preguntas.

     Vuelvo a las seis de la tarde, con una llovizna muy fina que cae arremolinada de un cielo casi complemente oscuro. Cuando el tren pasa frente a la cancha de Racing comienzo a enumerar los futbolistas del club que jugaron en la selección en los últimos años. Alcanzo a contar apenas tres y curiosamente me siento un poco decepcionado, triste, preguntándome si es culpa mía por desentenderme de las cosas que antes me importaban o si mi olvido, en realidad, es parte de una debacle futbolística bastante notoria.



     Al abrir la puerta del departamento me encuentro con Sofía sentada en uno de los puff del living, en calzas y con las piernas cruzadas.

    – ¡Hola! – me dice, con el entusiasmo de un colibrí.

Cuando me acerco para saludarla con un beso, Julián sale del baño tarareando una canción de los Ramones. Mientras conversamos camino hasta la cocina, prendo una hornalla y me refriego las manos, las froto y entrecruzo los dedos encima de la llama. Después me quito la campera, el buzo y el resto de la ropa y la pongo a secar en una percha de plástico. Las zapatillas las apoyo en el marco de la ventana, enfrentadas unas con otras.  

     – Fresquito ¿no? – dice Sofía cuando vuelvo en jogging, al tiempo que pica marihuana sobre la tapa púrpura de un libro.

    Después de fumar comemos una pizza recalentada en el horno y jugamos a enumerar las cosas que no nos gustan. Sofía menciona la vejez, extrañar, las canas, que le crezca el vello púbico, hacer dieta, que le ladren y la persigan los perros, levantarse temprano, el invierno. Julián el acné, mientras se rasponea la cara con los nudillos, que se terminen las vacaciones, el dolor de muelas, la resaca, correr el colectivo y no llegar. Cuando me toca el turno comento que ya no queda birra y propongo bajar a buscar. En una bolsa de almacén que encuentro al lado de la heladera pongo los envases y recién en el ascensor noto que el culito tibio de una de las botellas traspasó la tela de nylon y me mojó el pantalón a la altura de la rodilla. Saludo a Maxi, que está mirando un programa de preguntas y respuestas en un televisor de 14 pulgadas. Compro tres Heineken y un paquete grande de chizitos. De vuelta en el departamento, después de llenar los vasos hasta el tope, con mucha espuma, vacío el cenicero y digo dos cosas: primero que me molesta la hiperactividad de los chicos y luego que odio mi trabajo.

     – Tu trabajo no está tan mal, mirá el mío, el problema es trabajar a secas – agrega Julián.

     – Yo quisiera ser maquinista

     – ¿En serio?

     – Posta

     – O sereno

     – Ese es un trabajo de jubilados al borde de la muerte.

   – Yo tengo un tío que era domador de leones – y les cuento la historia del hermano de Pablo, Enrique Meiller, quién en los ochenta dirigió un circo bastante famoso en la ciudad de Cali, Colombia. Les explico que Enrique viajó por el mundo y que un día un borracho se acercó demasiado a la jaula y los leones le arrancaron un brazo a la altura del codo. Que el borracho levantó su miembro y corrió hasta caer desmayado al frente de la boletería. Les hago creer que los tres dedos de una mano que le faltan a mi tío están asociados a su antigua profesión cuando en realidad se los cortó a finales de los años 80 con la sierra de una carnicería, en José C Paz.